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DE Tomas Daskam

“Quería estar junto al mar a toda costa. A los 17 años me enrolé en la Armada norteamericana. Hasta entonces no tenía una vocación definida. Yo soy autodidacta cien por ciento. Al cabo de un año postulé a los cupos de submarinismo y, luego de unos tests básicamente concentrados en la ausencia total de síntomas claustrofóbicos y buena conducta hacia los compañeros, fui enrolado”, dice.

 

Luego nos cuenta que “durante la guerra permanecíamos largos períodos sumergidos y sólo un buque madre nos abastecía de combustible, alimentos y todas las necesidades propias de una tripulación. Como yo estaba asignado a una de las dos salas de máquinas de la nave, cuando una pieza comenzaba a fallar, debía reemplazarla, pero para ello era necesario que llegara el repuesto. Yo comencé a dibujar con una exactitud extremadamente minuciosa las piezas, para que en el buque madre las pudieran fundir, porque todo esto se realizaba en alta mar”.

 

Así comenzó a desarrollarse el trazo mágico del autodidacta Daskam, semejante –no en temas, sino en precisión– al de Claudio Bravo, el pintor chileno radicado en Marruecos.

Este artista es un hombre sumamente apacible, pero asaz caprichoso. Su casa, que por fuera parece un palacete a punto de desplomarse, en el interior es moderna, luminosa y amplia.

 

Nacido en Tulsa, estado de Oklahoma en 1934, habita cerca del Polo Sur cuatro o cinco meses al año. El resto del tiempo lo vive en una gran casona de Ñuñoa.

 

“Lo bueno es que en épocas de guerra, como te impedían estudiar, terminado el conflicto, podías elegir la carrera a tu capricho. El Estado financiaba todo. Incluso si querías estudiar ballet o algo más estrafalario”, comenta.

 

Aún conserva un físico atractivo y no bebe ni fuma. Dejó ambos vicios tajantemente. “¡Y pensar que he sobrevivido a tantos amigos! ¿Cómo te explicas eso, si yo hice las mismas cosas que ellos?”, exclama.

 

Evoca a su amigo Juan Downey, fallecido a los 53 años y que era capaz de “volarse” ingiriendo 30 aspirinas. El amor de Irene Domínguez era uno de los mejores amigos de este hombre que, persiguiendo aves, llegó hasta el fin del mundo. La localidad de Río Verde, si es que puede calificarse como tal, son seis casas, junto a un océano tranquilo y un horizonte de montañas cuyas nieves llegan hasta el mar.

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Uploaded on May 25, 2017