petaquero subiendo por Valparaiso, en Templeman esquina Pierre Loti, dice CALERA - BOCK ALE en sus petacaS
by A. HYATT VERRILL from travel magazine, June 1925, Los aguateros de burro eran más numerosos que los de cabalo y eran los que estaban más sujetos a fiscalización. Ruschenberger los describe así: “... el aguador va sentado en ancas moviendo sus piernas desnudas, primero una y después la otra como en el acto de espolear”. Montaba “ apoyado transversalmente sobre el fuste delantero de la silla” y llevaba una vara larga con un garfio en la punta, haciendo sonar un cencerro que usaba prendido a la montura con el fin de anunciar su presencia.
Al detenerse para vender el agua, el aguatero desataba una de las dos tinajas y sostenía la otra con la vara “evitando así que se vuelque la montura”.
Otros eran los muleros de la carne o carniceros callejeros, porque hasta la carne “se expendía por vendedores ambulantes que salían a las 11 de la mañana de los
mercados municipales”, del Puerto, el Cardonal y el Cóndor a fines del XIX. Era la carne para el consumo, y se vendía por las calles transportada en burros en los años treinta, y que, según William Ruschenberg “generalmente causa repugnancia al extranjero, tanto por la apariencia sucia y seca de la carne, cuanto por el aspecto cruel y ensangrentado del carnicero” y apunta que “en lugar de descuartizar el animal, disecan separadamente los grandes músculos, siendo este sistema muy a propósito para la cocina chilena”.
Llevaban los trozos de carne en alforjas de cuero que colocaba a cada lado de su burro, siguiendolo a paso lento y con un gran cuchillo dispuesto a trozar rápidamente la carne, que ofrecía con su fuerte pregón “con voz gangosa, carne de vaca o carne (de) cordero”.
Tengo un par de fotos de vendedores de pescado, que cuelgan a los costados de sus burros, dale una mirada al álbum que recién formé.
A fines del siglo XIX se veía todavía esta imagen de siempre. Benjamín Subercaseaux, que reparaba en las pequeñeces de la ciudad, distingue las clases de burros según su carga y se detiene en describir el burro de la carne que va cargando “los trozos de carne sanguinolienta [y] trepa por las calles empinadas remeciendo su carga... de pulpa y de gorduras bajo los paños que la cubren, y un enjambre de moscas que se agitan en torno”.
Más cotidianos eran los panaderos ambulantes o petaqueros”, quienes traían el pan desde las panaderías y lo ofrecían en el plan y en los cerros “en carpachos de cuero curtidos”, tal como lo captó Harry Olds en una de sus fotografías de 1899.
En ella se ve al hombre y al burro, y a cada lado de este último, dos grandes recipientes de cuero con su tapa, cosido también con cuero, y envueltos en un paño blanco, que permitía mantener la tapa abierta para mostrar la frescura del pan a los compradores. La mayoría de los petaqueros no horneaban su mercancía sino que eran distribuidores contratados por quienes tenían panadería en el plan.
En la mañana, lo expendían fresco y, por las tardes, subían a los cerros a ofrecer el pan endurecido que no se había vendido durante el día. El panadero, como lo ha llamado Harry Olds, vestía delantal blanco e iba acompañado por su perro, que compartía la montura con su amo.
petaquero subiendo por Valparaiso, en Templeman esquina Pierre Loti, dice CALERA - BOCK ALE en sus petacaS
by A. HYATT VERRILL from travel magazine, June 1925, Los aguateros de burro eran más numerosos que los de cabalo y eran los que estaban más sujetos a fiscalización. Ruschenberger los describe así: “... el aguador va sentado en ancas moviendo sus piernas desnudas, primero una y después la otra como en el acto de espolear”. Montaba “ apoyado transversalmente sobre el fuste delantero de la silla” y llevaba una vara larga con un garfio en la punta, haciendo sonar un cencerro que usaba prendido a la montura con el fin de anunciar su presencia.
Al detenerse para vender el agua, el aguatero desataba una de las dos tinajas y sostenía la otra con la vara “evitando así que se vuelque la montura”.
Otros eran los muleros de la carne o carniceros callejeros, porque hasta la carne “se expendía por vendedores ambulantes que salían a las 11 de la mañana de los
mercados municipales”, del Puerto, el Cardonal y el Cóndor a fines del XIX. Era la carne para el consumo, y se vendía por las calles transportada en burros en los años treinta, y que, según William Ruschenberg “generalmente causa repugnancia al extranjero, tanto por la apariencia sucia y seca de la carne, cuanto por el aspecto cruel y ensangrentado del carnicero” y apunta que “en lugar de descuartizar el animal, disecan separadamente los grandes músculos, siendo este sistema muy a propósito para la cocina chilena”.
Llevaban los trozos de carne en alforjas de cuero que colocaba a cada lado de su burro, siguiendolo a paso lento y con un gran cuchillo dispuesto a trozar rápidamente la carne, que ofrecía con su fuerte pregón “con voz gangosa, carne de vaca o carne (de) cordero”.
Tengo un par de fotos de vendedores de pescado, que cuelgan a los costados de sus burros, dale una mirada al álbum que recién formé.
A fines del siglo XIX se veía todavía esta imagen de siempre. Benjamín Subercaseaux, que reparaba en las pequeñeces de la ciudad, distingue las clases de burros según su carga y se detiene en describir el burro de la carne que va cargando “los trozos de carne sanguinolienta [y] trepa por las calles empinadas remeciendo su carga... de pulpa y de gorduras bajo los paños que la cubren, y un enjambre de moscas que se agitan en torno”.
Más cotidianos eran los panaderos ambulantes o petaqueros”, quienes traían el pan desde las panaderías y lo ofrecían en el plan y en los cerros “en carpachos de cuero curtidos”, tal como lo captó Harry Olds en una de sus fotografías de 1899.
En ella se ve al hombre y al burro, y a cada lado de este último, dos grandes recipientes de cuero con su tapa, cosido también con cuero, y envueltos en un paño blanco, que permitía mantener la tapa abierta para mostrar la frescura del pan a los compradores. La mayoría de los petaqueros no horneaban su mercancía sino que eran distribuidores contratados por quienes tenían panadería en el plan.
En la mañana, lo expendían fresco y, por las tardes, subían a los cerros a ofrecer el pan endurecido que no se había vendido durante el día. El panadero, como lo ha llamado Harry Olds, vestía delantal blanco e iba acompañado por su perro, que compartía la montura con su amo.