fachada posterior de la famosa mansión de Henri Meiggs del arquitecto Jesse L. Wermore
estaba en la Alameda cerca de Avenida República, el intrépido norteamericano Henry Meiggs, mandó a edificar su residencia de verano. La magnífica construcción fue pionera en poblar un barrio que años más tarde sería uno de los más exclusivos de la capital; y dejó caer el lujo y confort americano en los enormes barriales de la Alameda del 1800.
Tras una vasta e importante carrera comercial en los Estados Unidos, los altibajos de la economía, hicieron que hacia 1850, Henry Meiggs, intente probar mejor fortuna en nuestro país. Con ingenio y una tenacidad digna de cualquier gran industrial, inició los importantes caminos ferroviarios, trazando y construyendo la línea del sur hasta San Fernando; y la trascendental vía Santiago - Valparaíso, inaugurada en 1863. No contento con estos logros se trasladó a Perú donde inició también la construcción del ferrocarril de Lima a Lo Oroya.
La cuantiosa fortuna que generó, le otorgó un puesto privilegiado en la sociedad santiaguina, que vio embelesada con sus ojos poco entrenados en el arte y estilo, como este intrépido norteamericano construía los primeros ejemplos de exótica arquitectura foránea. “Al par que construía líneas férreas, edificó en Santiago, hermosas casas-palacios, de recreo y elegante arquitectura, enseñando a la sociedad chilena vivir en casas higiénicas y de la más fastuosa comodidad”.
En Alameda esquina Lord Cochrane levantó una residencia al más puro estilo bostoniano, con grandes ventanas a modo de bow window, escalinatas de mármol, altas escalas de madera, pisos de fino parquet y salones empapelados con gran lujo. Esa fue conocida como la casa Meiggs en la esquina de Lord Cochrane.
Pero sus ansias de recordar la vieja California, hicieron que adquiriera un extenso paño en las afueras del Santiago décimo-nonico, muy cerca de la Estación Central, donde erigió al centro de la quinta un espléndido palacete de verano.
Muchos eran los mitos de esta casa, se decía que como un puente mecano, cada pieza fue traída de Estados unidos y ensamblada acá; o que poseía un sistema de rieles que movían la casa para aprovechar la luz del sol.
Lo cierto es que en 1864, Henry Meiggs, ordena la construcción a su arquitecto de confianza, el americano Jeese L. Wetmore, quién ya había hecho los planos de su otra residencia en Alameda y la georgiana mansión de la viuda del industrial Haviland, en Alameda con Estado.
La nueva casa debía ser lujosa y confortable. Encargó a Estados Unidos maderas exóticas, que acá aun no se empleaban en construcción. Gastó más de 200 mil pesos oro en caobas y pinos, y otros tantos cientos de miles en mármoles y granitos. El arquitecto Wetmore creó una original planta, donde un vestíbulo circular organizaba la casa uniendo cuatro pabellones, con un piso zócalo para los servicios y la caldera; un primer nivel donde se distribuían los salones, un piso superior para los dormitorios, y un altillo destinado al servicio. La enorme construcción de líneas clásicas y altos techos era coronada por una torre central con cúpula rebajada.
El edificio en términos estilísticos era una sobria construcción de líneas clásicas, ligada al estilo georgiano. La fachada principal presentaba una extensa terraza con una fuente de agua de fierro forjado al centro; que se abría a un pórtico elevado, delimitado por una fina balaustrada, que sustentaban grandes columnas jónicas de mármol. Al centro, un arco de medio punto resguardaba la enorme puerta principal, de dos hojas y tallada íntegramente en caoba. El primer nivel tenía altos ventanales de dintel recto, y cada esquina era rematada por grandes ventanales a modo de bow window. El piso superior presentaba ventanas con frontones triangulares y celosías, mientras que el tercer nivel era un alto techo a dos aguas, con pequeñas ventanas de remate. Al centro una enorme torre, con interminables ventanales de medio punto, culminaba en una cúpula con aguja.
El interior sobrecogía. Se ingresaba por una enorme puerta de doble hoja, tallada en caoba, de más de cuatro metros de altura. Un corredor con rica boiserie desembocaba en una hermosa rotonda, un hall circular, amplio y claro, que recibía luz cenital de las ventanas de la inmensa torre, que dejaba relucir el pavimento de fino mármol de colores, que formaba una estrella. Distintas puertas de caoba con pesados frontones tallados, se distribuían en los muros, y hacia el sur se podía ver la escalinata central, ricamente tallada y que se elevaba en forma de espiral hacia los altos de la gran cúpula.
Las puertas conducían por medio de pequeños corredores a los distintos salones, nombrados según su colorido: el Salón Rojo, el Azul, el Blanco, el enmaderado en Abeto, el de mármol rosado. Además había un gran escritorio, un suntuoso Comedor, y la Sala de Música, donde Mr. Meiggs agasajaba a sus invitados con su voz de barítono.
Circundando el hall circular, dos escaleras de servicio llevaban a los pisos superiores y al piso zócalo, donde se encontraba la cocina, dependencias y la gran caldera, que nutria a la casa de calefacción central, primer sistema que funcionó en el país.
En el segundo nivel se encontraban los dormitorios, donde Meiggs desplegó la elegancia y comodidad americana, dotándolos de finos empapelados y originales decoraciones en cada habitación. Además instaló diversos baños, un lujo para la época; también un sistema de tubos que permitía conectar y hablar con todas los dormitorios, y timbres para llamar a la servidumbre; de tan buena factura que funcionaban aun en 1937. El tercer nivel era un amplio altillo, destinado a habitaciones de servicio.
La casa se rodeó de un extenso parque, con senderos, árboles exóticos, esculturas y fuentes de agua. Un enorme portón de fierro forjado, finamente trabajado, y rejas del mismo material marcaba el límite con la Alameda de las Delicias.
Mr. Meiggs inauguró su mansión en 1866 con un pomposo baile de fantasía, donde asistieron más de 500 invitados, entre ellos el futuro Intendente Vicuña Mackenna, que dejó importantes impresiones sobre la fiesta y el estado de la casa.
La Quinta Meiggs fue loteada en 1872, cuando Henry Meiggs muere. Gracias a esto se abren dos nuevas avenidas: República y España, dejando el palacio y un pequeño parque al centro de estas calles.
Sin perder magnificencia, siguió siendo parte de importantes sucesos sociales. Su nueva propietaria, Isidora Goyenechea, trae al conocido paisajista inglés John Drummond para restaurar el parque. Más tarde, en la frenética fortuna que le otorgó la mina de Caracoles, el francés Barón de Riviere, compra la mansión, otorgándole gran lujo. Cambió los empapelados de los salones por finas sedas, el piso por parquet de primer orden, y los cielos por suntuosos artesonados tallados a mano. Alhajó las salas con pomposo mobiliario, donde su mujer Mme. Arnous de Riviere, ofrecía enormes fiestas, bailes, recepciones y pick nicks, a las que acudía presurosa, toda la sociedad santiaguina. La Guerra Franco- Prusiana, puso fin a los años del barón en Chile, partiendo a la guerra y su mujer a sus posesiones en Mobile; manteniéndose cerrada la quinta por algunos años.
Fue ocupada nuevamente por la legación mexicana a principios del 1900. El embajador Covarrubias tenía una hermosa esposa francesa - Rosa Lefort -, que junto a sus hijas llenó de belleza y distinción al incipiente barrio república. Famosas eran por organizar estupendos corsos primaverales, que partían desde Alameda hacia el Parque Cousiño, y regresaban a la Quinta Meiggs; culminando la noche en célebres bailes y comidas.
Cuando los Covarrubias partieron a su patria, la casa se mantuvo nuevamente cerrada, hasta que el señor boliviano J. Sainz junto a su familia, vuelven a ocuparla, desplegando un lujo oriental en los salones, y dotando de vida por unos años al singular parque.
Parece eso si, que la Quinta Meiggs estaba destinada al abandono, intermitentes ocupantes tuvo, hasta que en 1941, debido al progresivo deterioro, se decidiera – qué terrible torpeza- demoler la mansión, y construir sobre sus ruinas el conocido Barrio Virginia Opazo, según los planos del arquitecto Luciano Kulczewski.
Texto de Mario Rojas Torrejón y Fernando Imas Brügmann
fachada posterior de la famosa mansión de Henri Meiggs del arquitecto Jesse L. Wermore
estaba en la Alameda cerca de Avenida República, el intrépido norteamericano Henry Meiggs, mandó a edificar su residencia de verano. La magnífica construcción fue pionera en poblar un barrio que años más tarde sería uno de los más exclusivos de la capital; y dejó caer el lujo y confort americano en los enormes barriales de la Alameda del 1800.
Tras una vasta e importante carrera comercial en los Estados Unidos, los altibajos de la economía, hicieron que hacia 1850, Henry Meiggs, intente probar mejor fortuna en nuestro país. Con ingenio y una tenacidad digna de cualquier gran industrial, inició los importantes caminos ferroviarios, trazando y construyendo la línea del sur hasta San Fernando; y la trascendental vía Santiago - Valparaíso, inaugurada en 1863. No contento con estos logros se trasladó a Perú donde inició también la construcción del ferrocarril de Lima a Lo Oroya.
La cuantiosa fortuna que generó, le otorgó un puesto privilegiado en la sociedad santiaguina, que vio embelesada con sus ojos poco entrenados en el arte y estilo, como este intrépido norteamericano construía los primeros ejemplos de exótica arquitectura foránea. “Al par que construía líneas férreas, edificó en Santiago, hermosas casas-palacios, de recreo y elegante arquitectura, enseñando a la sociedad chilena vivir en casas higiénicas y de la más fastuosa comodidad”.
En Alameda esquina Lord Cochrane levantó una residencia al más puro estilo bostoniano, con grandes ventanas a modo de bow window, escalinatas de mármol, altas escalas de madera, pisos de fino parquet y salones empapelados con gran lujo. Esa fue conocida como la casa Meiggs en la esquina de Lord Cochrane.
Pero sus ansias de recordar la vieja California, hicieron que adquiriera un extenso paño en las afueras del Santiago décimo-nonico, muy cerca de la Estación Central, donde erigió al centro de la quinta un espléndido palacete de verano.
Muchos eran los mitos de esta casa, se decía que como un puente mecano, cada pieza fue traída de Estados unidos y ensamblada acá; o que poseía un sistema de rieles que movían la casa para aprovechar la luz del sol.
Lo cierto es que en 1864, Henry Meiggs, ordena la construcción a su arquitecto de confianza, el americano Jeese L. Wetmore, quién ya había hecho los planos de su otra residencia en Alameda y la georgiana mansión de la viuda del industrial Haviland, en Alameda con Estado.
La nueva casa debía ser lujosa y confortable. Encargó a Estados Unidos maderas exóticas, que acá aun no se empleaban en construcción. Gastó más de 200 mil pesos oro en caobas y pinos, y otros tantos cientos de miles en mármoles y granitos. El arquitecto Wetmore creó una original planta, donde un vestíbulo circular organizaba la casa uniendo cuatro pabellones, con un piso zócalo para los servicios y la caldera; un primer nivel donde se distribuían los salones, un piso superior para los dormitorios, y un altillo destinado al servicio. La enorme construcción de líneas clásicas y altos techos era coronada por una torre central con cúpula rebajada.
El edificio en términos estilísticos era una sobria construcción de líneas clásicas, ligada al estilo georgiano. La fachada principal presentaba una extensa terraza con una fuente de agua de fierro forjado al centro; que se abría a un pórtico elevado, delimitado por una fina balaustrada, que sustentaban grandes columnas jónicas de mármol. Al centro, un arco de medio punto resguardaba la enorme puerta principal, de dos hojas y tallada íntegramente en caoba. El primer nivel tenía altos ventanales de dintel recto, y cada esquina era rematada por grandes ventanales a modo de bow window. El piso superior presentaba ventanas con frontones triangulares y celosías, mientras que el tercer nivel era un alto techo a dos aguas, con pequeñas ventanas de remate. Al centro una enorme torre, con interminables ventanales de medio punto, culminaba en una cúpula con aguja.
El interior sobrecogía. Se ingresaba por una enorme puerta de doble hoja, tallada en caoba, de más de cuatro metros de altura. Un corredor con rica boiserie desembocaba en una hermosa rotonda, un hall circular, amplio y claro, que recibía luz cenital de las ventanas de la inmensa torre, que dejaba relucir el pavimento de fino mármol de colores, que formaba una estrella. Distintas puertas de caoba con pesados frontones tallados, se distribuían en los muros, y hacia el sur se podía ver la escalinata central, ricamente tallada y que se elevaba en forma de espiral hacia los altos de la gran cúpula.
Las puertas conducían por medio de pequeños corredores a los distintos salones, nombrados según su colorido: el Salón Rojo, el Azul, el Blanco, el enmaderado en Abeto, el de mármol rosado. Además había un gran escritorio, un suntuoso Comedor, y la Sala de Música, donde Mr. Meiggs agasajaba a sus invitados con su voz de barítono.
Circundando el hall circular, dos escaleras de servicio llevaban a los pisos superiores y al piso zócalo, donde se encontraba la cocina, dependencias y la gran caldera, que nutria a la casa de calefacción central, primer sistema que funcionó en el país.
En el segundo nivel se encontraban los dormitorios, donde Meiggs desplegó la elegancia y comodidad americana, dotándolos de finos empapelados y originales decoraciones en cada habitación. Además instaló diversos baños, un lujo para la época; también un sistema de tubos que permitía conectar y hablar con todas los dormitorios, y timbres para llamar a la servidumbre; de tan buena factura que funcionaban aun en 1937. El tercer nivel era un amplio altillo, destinado a habitaciones de servicio.
La casa se rodeó de un extenso parque, con senderos, árboles exóticos, esculturas y fuentes de agua. Un enorme portón de fierro forjado, finamente trabajado, y rejas del mismo material marcaba el límite con la Alameda de las Delicias.
Mr. Meiggs inauguró su mansión en 1866 con un pomposo baile de fantasía, donde asistieron más de 500 invitados, entre ellos el futuro Intendente Vicuña Mackenna, que dejó importantes impresiones sobre la fiesta y el estado de la casa.
La Quinta Meiggs fue loteada en 1872, cuando Henry Meiggs muere. Gracias a esto se abren dos nuevas avenidas: República y España, dejando el palacio y un pequeño parque al centro de estas calles.
Sin perder magnificencia, siguió siendo parte de importantes sucesos sociales. Su nueva propietaria, Isidora Goyenechea, trae al conocido paisajista inglés John Drummond para restaurar el parque. Más tarde, en la frenética fortuna que le otorgó la mina de Caracoles, el francés Barón de Riviere, compra la mansión, otorgándole gran lujo. Cambió los empapelados de los salones por finas sedas, el piso por parquet de primer orden, y los cielos por suntuosos artesonados tallados a mano. Alhajó las salas con pomposo mobiliario, donde su mujer Mme. Arnous de Riviere, ofrecía enormes fiestas, bailes, recepciones y pick nicks, a las que acudía presurosa, toda la sociedad santiaguina. La Guerra Franco- Prusiana, puso fin a los años del barón en Chile, partiendo a la guerra y su mujer a sus posesiones en Mobile; manteniéndose cerrada la quinta por algunos años.
Fue ocupada nuevamente por la legación mexicana a principios del 1900. El embajador Covarrubias tenía una hermosa esposa francesa - Rosa Lefort -, que junto a sus hijas llenó de belleza y distinción al incipiente barrio república. Famosas eran por organizar estupendos corsos primaverales, que partían desde Alameda hacia el Parque Cousiño, y regresaban a la Quinta Meiggs; culminando la noche en célebres bailes y comidas.
Cuando los Covarrubias partieron a su patria, la casa se mantuvo nuevamente cerrada, hasta que el señor boliviano J. Sainz junto a su familia, vuelven a ocuparla, desplegando un lujo oriental en los salones, y dotando de vida por unos años al singular parque.
Parece eso si, que la Quinta Meiggs estaba destinada al abandono, intermitentes ocupantes tuvo, hasta que en 1941, debido al progresivo deterioro, se decidiera – qué terrible torpeza- demoler la mansión, y construir sobre sus ruinas el conocido Barrio Virginia Opazo, según los planos del arquitecto Luciano Kulczewski.
Texto de Mario Rojas Torrejón y Fernando Imas Brügmann