Jose Alejandro de la Orden
Madrid - Basílica de San Francisco el Grande
SAN FRANCISCO EL GRANDE
ARQUITECTOS: FRAY FRANCISCO CABEZAS, 1761-1768
FRANCISCO SABATINI Y MIGUEL FERNANDEZ 1776-1784
Situación: Plaza de San Francisco.
La actual iglesia de San Francisco el Grande se edificó sobre el primitivo convento de franciscanos que, según contaba la leyenda, había sido fundado personalmente por San Francisco de Asís en 1217.
Aquella iglesia estaba fuera de las murallas medievales y constituía el núcleo de un arrabal, como lo habían sido San Andrés en Puerta de Moros y San Ginés en el Arenal.
En el antiguo San Francisco fueron enterrados algunos miembros de grandes familias como Ruy González de Clavijo, Enrique de Villena y la reina Doña Juana.
Este convento de franciscanos y el de benedictinos de San Martín (en la plaza que conserva su nombre, junto a las Descalzas) fueron los más antiguos de Madrid, mucho antes de la explosión constructiva de conventos de todas las órdenes religiosas, que tuvo lugar tras la decisión de Felipe II, en 1561, de ubicar la Corte en Madrid de forma permanente.
El convento de San Francisco adquirió suma importancia cuando en él se instaló la Obra Pía de Jerusalén, una institución que custodiaba los Santos Lugares conquistados por los cruzados y que llegó a manejar notables cantidades de dinero gracias a donaciones y legados forzosos.
En 1760, al poco de instalarse en el trono Carlos III, quien sentía profunda admiración por la orden de San Francisco de Asís, se tomó la decisión de derribar el viejo convento y levantar uno nuevo, con la cúpula más grande (33 metros de diámetro) que jamás se hubiesen atrevido los arquitectos españoles a construir.
Los modelos a imitar fueron tanto el Panteón de Roma, la cúpula por antonomasia y punto culminante del arte de construir (43,40 metros de diámetro), como la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, con su cúpula, de profundos significados templarios.
En un Madrid conventual donde todas las bóvedas y cúpulas del siglo XVII se habían construido encamonadas, es decir, colgando falsos techos de escayola de humildes vigas de madera, la ambiciosa media naranja, que Fray Francisco Cabezas proyectó para el nuevo templo, significaba un reto para la técnica constructiva de los arquitectos barrocos madrileños, que ocultaban sus caducos modos de proyectar con alardes decorativos, auténticos fuegos de artificio, tan brillantes como efímeros.
Ante el elevado coste de las obras, el Papa tuvo que permitir la concesión de 18 millones de reales, de los 36 millones que había acumulado la Obra Pía de Jerusalén, para continuar el templo.
En 1768 Fray Francisco Cabezas se rindió, cansado de luchar contra Ventura Rodríguez, que no se resignaba a que su proyecto hubiese sido rechazado por los frailes y el Ayuntamiento y que desde la Academia ponía toda clase de trabas a la continuación de los trabajos. Cabezas se retiró a su Valencia natal, donde murió en 1763. Los muros de San Francisco llegaban entonces hasta la cornisa y los arquitectos Ventura Rodríguez y Diego de Villanueva se enzarzaron en agria polémica sobre los refuerzos con los que había que suplementar los machones entre capillas, para poder aguantar el empuje de la cúpula.
De nuevo la cobardía se apoderó de los corazones de los arquitectos. La Academia de Bellas Artes decidió suprimir el tambor de la cúpula, rodeado de columnas, del primitivo proyecto de Cabezas, a quien había ayudado Hermosilla en el dibujo y definición de los detalles.
Un casi desconocido Antonio Plo recibiría el encargo de iniciar la cúpula directamente desde la cornisa, descartando definitivamente el tambor que hubiese levantado la cúpula, dando gran esbeltez al perfil del templo.
En 1776, harto el rey Carlos III de tanta incompetencia, impuso a su propio arquitecto, el siciliano Francesco Sabatini, autor de obras tan excelentes como la Puerta de Alcalá o la Real Casa de la Aduana (Ministerio de Hacienda). Francesco Sabatini, ayudado por Miguel Fernández, terminó de cubrir la iglesia, realizó la fachada clasicista y contruyó el convento.
José Bonaparte, el hermano de Napoleón instalado a la fuerza en el trono de España, quiso utilizar el templo como Salón de Cortes, encargando los planos a Silvestre Pérez, quien ideó el primer Viaducto sobre la calle Segovia, que debía unir el entorno del Palacio Real con San Francisco el Grande.
En 1836 la Desamortización de Mendizábal hizo que todos los conventos de frailes retornasen a los Patronatos, es decir, a las familias que habían fundado el convento y habían heredado, generación tras generación, los derechos y obligaciones sobre los diferentes monasterios.
San Francisco el Grande pasó a depender de la Obra Pía de Jerusalén y ésta se secularizó, vinculándose a las estructuras administrativas del Estado (actualmente al Ministerio de Asuntos Exteriores).
Tras la Revolución antimonárquica de 1868 se pensó utilizar la iglesia como Panteón Nacional y se llegaron a trasladar los restos de algunos hombres ilustres.
En 1878 Cánovas del Castillo decidió utilizar la fortuna acumulada por la Obra Pía de Jerusalén para decorarlo con magnificencia. Según el historiador Elías Tormo se llegaron a gastar 28 millones de pesetas, cantidad astronómica para la época.
Tras la Guerra Civil volvieron los franciscanos al templo, aunque el convento había sido derribado para ampliar la Gran Vía de San Francisco, que une el Viaducto con la Puerta de Toledo.
(Del libro de Ramon Guerra de la Vega)
Madrid - Basílica de San Francisco el Grande
SAN FRANCISCO EL GRANDE
ARQUITECTOS: FRAY FRANCISCO CABEZAS, 1761-1768
FRANCISCO SABATINI Y MIGUEL FERNANDEZ 1776-1784
Situación: Plaza de San Francisco.
La actual iglesia de San Francisco el Grande se edificó sobre el primitivo convento de franciscanos que, según contaba la leyenda, había sido fundado personalmente por San Francisco de Asís en 1217.
Aquella iglesia estaba fuera de las murallas medievales y constituía el núcleo de un arrabal, como lo habían sido San Andrés en Puerta de Moros y San Ginés en el Arenal.
En el antiguo San Francisco fueron enterrados algunos miembros de grandes familias como Ruy González de Clavijo, Enrique de Villena y la reina Doña Juana.
Este convento de franciscanos y el de benedictinos de San Martín (en la plaza que conserva su nombre, junto a las Descalzas) fueron los más antiguos de Madrid, mucho antes de la explosión constructiva de conventos de todas las órdenes religiosas, que tuvo lugar tras la decisión de Felipe II, en 1561, de ubicar la Corte en Madrid de forma permanente.
El convento de San Francisco adquirió suma importancia cuando en él se instaló la Obra Pía de Jerusalén, una institución que custodiaba los Santos Lugares conquistados por los cruzados y que llegó a manejar notables cantidades de dinero gracias a donaciones y legados forzosos.
En 1760, al poco de instalarse en el trono Carlos III, quien sentía profunda admiración por la orden de San Francisco de Asís, se tomó la decisión de derribar el viejo convento y levantar uno nuevo, con la cúpula más grande (33 metros de diámetro) que jamás se hubiesen atrevido los arquitectos españoles a construir.
Los modelos a imitar fueron tanto el Panteón de Roma, la cúpula por antonomasia y punto culminante del arte de construir (43,40 metros de diámetro), como la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, con su cúpula, de profundos significados templarios.
En un Madrid conventual donde todas las bóvedas y cúpulas del siglo XVII se habían construido encamonadas, es decir, colgando falsos techos de escayola de humildes vigas de madera, la ambiciosa media naranja, que Fray Francisco Cabezas proyectó para el nuevo templo, significaba un reto para la técnica constructiva de los arquitectos barrocos madrileños, que ocultaban sus caducos modos de proyectar con alardes decorativos, auténticos fuegos de artificio, tan brillantes como efímeros.
Ante el elevado coste de las obras, el Papa tuvo que permitir la concesión de 18 millones de reales, de los 36 millones que había acumulado la Obra Pía de Jerusalén, para continuar el templo.
En 1768 Fray Francisco Cabezas se rindió, cansado de luchar contra Ventura Rodríguez, que no se resignaba a que su proyecto hubiese sido rechazado por los frailes y el Ayuntamiento y que desde la Academia ponía toda clase de trabas a la continuación de los trabajos. Cabezas se retiró a su Valencia natal, donde murió en 1763. Los muros de San Francisco llegaban entonces hasta la cornisa y los arquitectos Ventura Rodríguez y Diego de Villanueva se enzarzaron en agria polémica sobre los refuerzos con los que había que suplementar los machones entre capillas, para poder aguantar el empuje de la cúpula.
De nuevo la cobardía se apoderó de los corazones de los arquitectos. La Academia de Bellas Artes decidió suprimir el tambor de la cúpula, rodeado de columnas, del primitivo proyecto de Cabezas, a quien había ayudado Hermosilla en el dibujo y definición de los detalles.
Un casi desconocido Antonio Plo recibiría el encargo de iniciar la cúpula directamente desde la cornisa, descartando definitivamente el tambor que hubiese levantado la cúpula, dando gran esbeltez al perfil del templo.
En 1776, harto el rey Carlos III de tanta incompetencia, impuso a su propio arquitecto, el siciliano Francesco Sabatini, autor de obras tan excelentes como la Puerta de Alcalá o la Real Casa de la Aduana (Ministerio de Hacienda). Francesco Sabatini, ayudado por Miguel Fernández, terminó de cubrir la iglesia, realizó la fachada clasicista y contruyó el convento.
José Bonaparte, el hermano de Napoleón instalado a la fuerza en el trono de España, quiso utilizar el templo como Salón de Cortes, encargando los planos a Silvestre Pérez, quien ideó el primer Viaducto sobre la calle Segovia, que debía unir el entorno del Palacio Real con San Francisco el Grande.
En 1836 la Desamortización de Mendizábal hizo que todos los conventos de frailes retornasen a los Patronatos, es decir, a las familias que habían fundado el convento y habían heredado, generación tras generación, los derechos y obligaciones sobre los diferentes monasterios.
San Francisco el Grande pasó a depender de la Obra Pía de Jerusalén y ésta se secularizó, vinculándose a las estructuras administrativas del Estado (actualmente al Ministerio de Asuntos Exteriores).
Tras la Revolución antimonárquica de 1868 se pensó utilizar la iglesia como Panteón Nacional y se llegaron a trasladar los restos de algunos hombres ilustres.
En 1878 Cánovas del Castillo decidió utilizar la fortuna acumulada por la Obra Pía de Jerusalén para decorarlo con magnificencia. Según el historiador Elías Tormo se llegaron a gastar 28 millones de pesetas, cantidad astronómica para la época.
Tras la Guerra Civil volvieron los franciscanos al templo, aunque el convento había sido derribado para ampliar la Gran Vía de San Francisco, que une el Viaducto con la Puerta de Toledo.
(Del libro de Ramon Guerra de la Vega)