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Guía artística de Burgos

Editorial Aries (Barcelona, 1949).

 

 

Burgos es una ciudad gótica. Habían de llegar los años de Fernando III, el Conquistador de Sevilla, para que la urbe adquiriera perfiles duraderos, calados en filigrana de piedra, en ese gótico burgalés que se hizo escuela y carne viva entre las calles seculares de la capital castellana. Anteriormente a Alfonso VIII, el pasado de Burgos es una historia sin engarces de piedra. Y en un pretérito más remoto, ni siquiera nombres o fechas certificadas por cronicones: sería difícil señalar la fundación de la ciudad, atribuída a Diego Porcelos en tiempos de Alfonso III. Luego llega la etapa de una soldadesca aguerrida que sabía de los reyes leoneses, pero no de acatarles y que hacía la campaña en las prolongaciones de la Cantabria romana, frente a las tropas califales de la frontera superior. La misma ausencia de historia cierta hace más legendarias las estaturas épicas de los pretendidos jueces de Castilla y del Conde del Romancero, el Fernán González, que sigue siendo un sabor querido para los burgaleses menestrales. Y con razón, pues fué el siglo X el que ensanchó Castilla desde los montes de Oca hasta el Duero. Después, los burgaleses, a punta de lanza, llegaron asombrados hasta los palacios olorosos de Medina Azahara, ya con el prestigio militar ganado sobre el arzón del caballo castellano y con sudores que necesitaban reposo en las riberas del Arlanzón. Los siglos siguientes ya son más pródigos en documentos de toda especie: San Pedro de Cardeña, sin restos de la época cidiana, todavía conserva suficientes capiteles románicos para ayudar a evocar a aquel Rodrigo de Vivar que en la tradición de los hogares castellanos se empareja a Fernán González. Todo el Burgos de la décima centuria vibra de castellanía y de virtudes bien perfiladas en el Poema de Mio Cid. Así la catedral románica: "Llegó a Santa María, luego descavalgaba": la posada de Rodrigo, la puerta contigua al río: "salió por la puerta e Arlançón passaba", los burgueses y burguesas que aún nos parece ver asomados a las fenestras de la ciudad... Aún podríamos rastrear la judería próxima al castillo, donde los buenos hebreos Raquel y Vidas facilitaron dineros a Martín Antolínez para las empresas de Rodrigo. Notad que aún llegan al mercado burgalés los trajinantes de Vivar y Cardeña, dorando el aire con su soberbio castellano: son nietos de la viril sociedad de hierro que ensanchaba Castilla empujando la Reconquista.

(Pág. 5).

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Uploaded on March 28, 2018