SAN ANDRÉS DE TEIXIDO, Régoa, Cedeira, La Coruña. Sanandreses. (2/2)
Foto obtenida en el Museo del Pueblo Gallego. Santiago de Compostela.
“No tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante que casi en todo lo demás de negocios públicos y particulares se sirven de caracteres griegos. Por dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes, fiados en los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria, lo que suele acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros, aflojan en el ejercicio de aprender y retener las cosas en la memoria. Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su transmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte”. (1) Del siglo XI se conserva un manuscrito irlandés que narra la historia de Tuan mac Cairill, superviviente del Diluvio y sobreviviente hasta la llegada del cristianismo, que conserva en su memoria, a través de sucesivas transmigraciones animales, los hechos de su historia y de la de Irlanda hasta la llegada de San Patricio. (2)
Términos como “reencarnación”, “transmigración” o “metempsícosis” se utilizan a veces como sinónimos sin serlo; cada uno tiene sus matices. En el fondo está la inmortalidad del alma y la capacidad de ésta de integrarse en otro cuerpo.
En ello creían los celtas, según César, sin aclararnos si el nuevo cuerpo es humano o no, ni tampoco si ello forma parte del proceso evolutivo del alma como cree el hinduismo. Por tanto, me quedo sólo con el concepto de que el alma sobrevive a la muerte y puede tomar diferentes formas según su propia necesidad. Descarto, a efectos simplificadores, el que entre en un círculo predeterminado de sucesivas existencias.
“A San Andrés de Teixido va de muerto quien no fue de vivo” (3), es la moraleja. Quien fue en vida, ha cumplido el ritual, pero ¿cómo irá quien murió sin hacerlo? En este caso, el alma necesitará ayuda; por sí sola no puede. A grandes rasgos la solución se materializa de dos maneras. En una, alguien vivo lo llevará a San Andrés. El familiar o amigo irá al sepulcro, golpeará el suelo con el pie y avisará al finado, quien oye, pero no ve: “Prepárate (aquí el nombre del difunto), que tal día a tal hora nos vamos a San Andrés”. Llegado el día concertado, pasará por el camposanto a “recogerlo” y con él caminará hacia el autobús que haga el trayecto, comprando dos plazas: una para el vivo y la otra para el muerto, al que incluso se le da conversación. A la hora de comer, la ración del muerto se le da a un mendigo. En algunos casos, la peregrinación a San Andrés es fruto de una promesa.
Otra forma que tiene el alma de cumplir esa obligación es “encarnándose” en un animal pequeño, en general insecto o reptil. De esta forma se encaminará al santuario. Por ello, el peregrino a San Andrés habrá de cuidar mucho en su camino no pisar ningún animal vivo. Castelao, en su obra “Un ollo de vidro. Memorias de un esquelete”, pone en boca de éste:
“Hoy mi padre con un lagarto apresado en las manos, me habló de esta manera:
- Tengo que ir a San Andrés de Teixido para cumplir una oferta que hice. Mi alma se tiene que encarnar en este lagarto y mucho tardará en volver. Te recomiendo que no dejes de mirar mi sepultura, y de vez en cuando eches una mirada a mi esqueleto, pues tengo un vecino cojo y puede robarme una pierna”.(4)
(1) www.ricardocosta.com/sites/default/files/pdfs/julio_cesar...
(2) en.wikipedia.org/wiki/Tuan_mac_Cairill
(3) “A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo”
(4) Oxe meu pai c’un lagarto apreixado nas mans, faloume deste xeito:
- Teño qu’ir ô San Andrés de Teixido para cumprir unha oferta que fixen. A miña i-alma ten qu’encarnar n’este lagarto e moito tardará en voltar. Recomémdoche que non deixes de ollo a miña cova, e de vez en cando botes unha ollada ô meu esquelete, pois teño un vecino coxo e pode roubarme unha perna”. Tomado de USERO, Rafael. “El Santuario de San Andrés de Teixido”, Fundación Villabrille, Madrid, 1992, p. 197.
SAN ANDRÉS DE TEIXIDO, Régoa, Cedeira, La Coruña. Sanandreses. (2/2)
Foto obtenida en el Museo del Pueblo Gallego. Santiago de Compostela.
“No tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante que casi en todo lo demás de negocios públicos y particulares se sirven de caracteres griegos. Por dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes, fiados en los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria, lo que suele acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros, aflojan en el ejercicio de aprender y retener las cosas en la memoria. Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su transmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte”. (1) Del siglo XI se conserva un manuscrito irlandés que narra la historia de Tuan mac Cairill, superviviente del Diluvio y sobreviviente hasta la llegada del cristianismo, que conserva en su memoria, a través de sucesivas transmigraciones animales, los hechos de su historia y de la de Irlanda hasta la llegada de San Patricio. (2)
Términos como “reencarnación”, “transmigración” o “metempsícosis” se utilizan a veces como sinónimos sin serlo; cada uno tiene sus matices. En el fondo está la inmortalidad del alma y la capacidad de ésta de integrarse en otro cuerpo.
En ello creían los celtas, según César, sin aclararnos si el nuevo cuerpo es humano o no, ni tampoco si ello forma parte del proceso evolutivo del alma como cree el hinduismo. Por tanto, me quedo sólo con el concepto de que el alma sobrevive a la muerte y puede tomar diferentes formas según su propia necesidad. Descarto, a efectos simplificadores, el que entre en un círculo predeterminado de sucesivas existencias.
“A San Andrés de Teixido va de muerto quien no fue de vivo” (3), es la moraleja. Quien fue en vida, ha cumplido el ritual, pero ¿cómo irá quien murió sin hacerlo? En este caso, el alma necesitará ayuda; por sí sola no puede. A grandes rasgos la solución se materializa de dos maneras. En una, alguien vivo lo llevará a San Andrés. El familiar o amigo irá al sepulcro, golpeará el suelo con el pie y avisará al finado, quien oye, pero no ve: “Prepárate (aquí el nombre del difunto), que tal día a tal hora nos vamos a San Andrés”. Llegado el día concertado, pasará por el camposanto a “recogerlo” y con él caminará hacia el autobús que haga el trayecto, comprando dos plazas: una para el vivo y la otra para el muerto, al que incluso se le da conversación. A la hora de comer, la ración del muerto se le da a un mendigo. En algunos casos, la peregrinación a San Andrés es fruto de una promesa.
Otra forma que tiene el alma de cumplir esa obligación es “encarnándose” en un animal pequeño, en general insecto o reptil. De esta forma se encaminará al santuario. Por ello, el peregrino a San Andrés habrá de cuidar mucho en su camino no pisar ningún animal vivo. Castelao, en su obra “Un ollo de vidro. Memorias de un esquelete”, pone en boca de éste:
“Hoy mi padre con un lagarto apresado en las manos, me habló de esta manera:
- Tengo que ir a San Andrés de Teixido para cumplir una oferta que hice. Mi alma se tiene que encarnar en este lagarto y mucho tardará en volver. Te recomiendo que no dejes de mirar mi sepultura, y de vez en cuando eches una mirada a mi esqueleto, pues tengo un vecino cojo y puede robarme una pierna”.(4)
(1) www.ricardocosta.com/sites/default/files/pdfs/julio_cesar...
(2) en.wikipedia.org/wiki/Tuan_mac_Cairill
(3) “A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo”
(4) Oxe meu pai c’un lagarto apreixado nas mans, faloume deste xeito:
- Teño qu’ir ô San Andrés de Teixido para cumprir unha oferta que fixen. A miña i-alma ten qu’encarnar n’este lagarto e moito tardará en voltar. Recomémdoche que non deixes de ollo a miña cova, e de vez en cando botes unha ollada ô meu esquelete, pois teño un vecino coxo e pode roubarme unha perna”. Tomado de USERO, Rafael. “El Santuario de San Andrés de Teixido”, Fundación Villabrille, Madrid, 1992, p. 197.