manolo gomez bur
YO-TÚ
Maldito el sesgo que proporciona luz a las estrellas
y maldito el humus que reverbera las sombras multrigueras.
Renazco y atormento a mis lentas cámaras de obsidiana.
Nunca sabrás. Nunca, qué destino se enfrenta al destino
sagaz e inocuo suplente infortunio
que a la mar flagela,
invierte las constela-
ciones y amansa radios circunvalescentes
que dominan la eterna oscuridad, donde la luz
resplandece.
¿Qué quieres?
No es nostalgia ni pudor, sÍ sabores
de olores
cadavéricos.
No es el túmulo ni el tálamo
lo que te enraíza a tu presente.
Irradian cascos los azules que atropellan
merdeando
la inconsistente y ultrajante
Melibea.
Me siento influjo. Solo influjo
de la memoria
y del satírico devenir de los aconteceres.
Es el cielo.
El sol.
La creación primigenia de la luz para nada.
Una nada inconsistente que deviene
en arcadas circunspectas
a una negación de advenimientos.
Soy tú.
Soy esa luz que imaginas que no existe
la lámpara que ha de bajarse
porque duele en el alma
la potencia de sus vatios.
Soy la luz.
La incandescente esfera
de filamentos que en fila
lamentos traen en tus sentires
y en tus treguas de paz de ti mismo.
Déjame.
La paz se desvanece y nutre las algas
que conmueven a las langostas
iniciáticas y que infringen su dolor
al dolor de las crecidas.
No soy de las creencias.
YO-TÚ
Maldito el sesgo que proporciona luz a las estrellas
y maldito el humus que reverbera las sombras multrigueras.
Renazco y atormento a mis lentas cámaras de obsidiana.
Nunca sabrás. Nunca, qué destino se enfrenta al destino
sagaz e inocuo suplente infortunio
que a la mar flagela,
invierte las constela-
ciones y amansa radios circunvalescentes
que dominan la eterna oscuridad, donde la luz
resplandece.
¿Qué quieres?
No es nostalgia ni pudor, sÍ sabores
de olores
cadavéricos.
No es el túmulo ni el tálamo
lo que te enraíza a tu presente.
Irradian cascos los azules que atropellan
merdeando
la inconsistente y ultrajante
Melibea.
Me siento influjo. Solo influjo
de la memoria
y del satírico devenir de los aconteceres.
Es el cielo.
El sol.
La creación primigenia de la luz para nada.
Una nada inconsistente que deviene
en arcadas circunspectas
a una negación de advenimientos.
Soy tú.
Soy esa luz que imaginas que no existe
la lámpara que ha de bajarse
porque duele en el alma
la potencia de sus vatios.
Soy la luz.
La incandescente esfera
de filamentos que en fila
lamentos traen en tus sentires
y en tus treguas de paz de ti mismo.
Déjame.
La paz se desvanece y nutre las algas
que conmueven a las langostas
iniciáticas y que infringen su dolor
al dolor de las crecidas.
No soy de las creencias.