_hoja_
Menora dance
Ficción basada en la realidad
22 de marzo de 2025. Trayecto de Bangkok a Phuket con aire acondicionado. El conductor del autobús nos traslada hacia el sur por una especie de autovía que deja atrás palmerales, campos de cultivo, bosquetes de frutales, casuchas aisladas, y alguna que otra población constituida por edificios bajos de ladrillo, o delimitada por fábricas o almacenes. Es mediodía, y nos hemos detenido para repostar en un área de descanso con gasolinera y un espacio techado con pequeños puestos adosados de alimentación y comida rápida. Hay que coger número para ser atendido, debido a la congestión de pasajer@s. Tras unos minutos de ausencia, retorno de los baños afectado de un leve estreñimiento, quizá porque mi aparato digestivo todavía no se ha acostumbrado al agua, a la dieta, a la humedad y el calor. Seguidamente, me siento en una mesa junto a dos mujeres y una niña tailandesas quienes viajan conmigo en el mismo autocar. La niña muerde y agujerea una bolsita de plástico transparente llena de agua, y después chupa y sorbe por uno de sus bordes como si fuera un polo flash. La mujer que no es la madre de la niña me ha invitado a sentarme con ellas. Aquella persona tiene aproximadamente mi edad, posee un semblante sonriente y amable, al igual que cierta predisposición a ayudarme, gracias, quizá porque me ha visto un poco perdido. Tras retornar del baño consigo que me sirvan arroz con carne y verduras en un platillo de cartón, alimento que no consigo finalizar mientras las mujeres parlotean amigablemente en Thai.
Horas después, todavía en el interior del bus en movimiento, la altura del sol sobre el horizonte se reduce y la luz se torna más cálida. A través de las ventanillas de plexiglass, admiro hermosas prominencias o jorobas de roca caliza tapizadas parcialmente de un verdor exuberante. El paisaje más allá de la carretera semeja a una postal del sudeste asiático, lo que me hace sonreír y olvidar durante unos segundos el tedio y la fatiga de hoy. Estoy sentado junto al pasillo, y pegado a mi flanco derecho, junto a la ventana, duerme hecho un ovillo un chico argelino que según dice es boxeador. Antes me ha pedido utilizar los datos de internet de mi teléfono (de mi tarjeta sim tailandesa) ya que él necesitaba responder y consultar unos mensajes, y yo le he dicho que sí. La mujer tailandesa que he mencionado está sentada también junto al pasillo, aunque en el lado izquierdo y una fila más adelante, por lo que su cabello liso y oscuro, su hombro derecho moreno y desnudo, sus pies de uñas pintadas de rojo y calzados con sandalias con un poco de tacón, o sus manos de uñas pintadas de rojo que tocan frecuentemente un teléfono móvil, permanecen en mi perspectiva. A veces consigo dormitar unos minutos, y cuando abro de nuevo los ojos la veo otra vez a ella. De hecho, en cierto momento experimento un chispazo de lucidez e iluminación interior (quizá consecuencia del aburrimiento y de mi estupidez suprema) y reparo en sus pómulos salientes, en su constitución delgada, cuidada, pero robusta, en sus hombros que son tan anchos como los míos. Y a pesar de su voz fina, sus pechos, y su feminidad, me pregunto si ha vivido una transición de género. Si fuera así no sería en absoluto de mi incumbencia, y de todas maneras, dudo de que a ella le importen ni lo más mínimo mis pensamientos o mis prejuicios. De pronto, suena el timbre de su teléfono y ella apenas se demora en responder, al tiempo que alza y aleja el móvil frente a sí: es una vídeo llamada. Por las características de la voz y el acento al hablar en inglés, diría que el interlocutor es un hombre mayor de origen alemán. La conversación, que se mantiene audible, es algo así como: “Hellooo, my girl… Where are youu?” “We are still travelling, but we will arrive there soon, I see you soon” “Oohh¡ I am missing you so much, my beautiful girl! I miss youu my love! How are youu? I hope you are not too tired, the trip from Bangkok is soo loong... you now? Ooh my poor girl! You are so beautiful, I loove you!” Ella parece sonreir amablemente a la pantalla de su teléfono, asiente y no parece molesta en absoluto. El señor insiste y sostiene la conversación durante unos minutos más, aunque ella se limita únicamente a responder con gestos, risitas y monosílabos. Él parece muy enamorado, o quizá es un poco cansino, no lo sé, porque un rato más tarde vuelve a telefonearla, inquisitivo de su ubicación y repitiendo los mismos lamentos románticos… I love you my sweet love, I miss you so much!
El caso es que ha anochecido y por fin estamos llegando a la isla de Phuket, accesible por un puente o viaducto. En el autobús, la mujer amable (no recuerdo su nombre, lo siento) me dice que, si quiero, yo podría acompañarlas a ella y a otra compañera a la vecina playa de Patong, que es donde ella vive, y que a esta población nos llevaría un taxista quien nos estará esperando en la estación. Me comenta que en Patong hay alojamiento barato, naturaleza y playas en los alrededores en donde caminar, un ambiente más relajado y menos turístico que en Phuket, o eso es lo que entiendo. Por otro lado ¿que se supone que debo esperar? Confieso que estoy improvisando completamente: voy dando palos de ciego a través de un terreno desconocido (un método romántico pero muy ineficiente), y no miento si admito que mi decisión de viajar a Phuket se ha fundamentado en una búsqueda rápida y superficial en google. El chico argelino me propone pasar una o dos noches en su casa, porque cree que los hoteles en la isla de Phuket son demasiado caros… pero no me fio demasiado de él, seguramente un prejuicio mío, y declino varias veces. Así que cuando llegamos a la Bus Terminal de Phuket, la mujer amable, yo, y una chica joven tailandesa que ha viajado en la parte delantera del autocar, nos dirigimos junt@s hacia un coche que nos espera aparcado frente a la estación. En pie junto al vehículo aguarda el taxista, una mujer nativa de rostro risueño y rechoncho. Deposito mi vieja mochila de trekking en el maletero y me acomodo en el asiento trasero junto a la chica más joven, que en realidad es claramente un chico maquillado y vestido de mujer, y su tono de voz que no llega a ser grave posee cierta masculinidad.
El caso es que estas tres simpáticas mujeres me acompañan a una calleja perpendicular al paseo marítimo en donde hay varios hoteles baratos, y tras peguntar por el precio de una habitación en el Cocoon Beach Hotel, decido que me quedaré aquí, y es entonces cuando se despiden de mí. Le entrego mi parte del dinero a la taxista y muy agradecido les doy dos besos en las mejillas a cada una de las tres, lo que posiblemente les resulte confuso. La taxista me pregunta que si quiero, mañana ella podría llevarme a ver algunos sitios de interés, y yo probablemente debería aceptar, pero como soy un rancio y un antisocial... más o menos le digo que de momento prefiero ir a mi bola. Así que tras ducharme y cenar algo en un establecimiento de la calleja, caigo rendido en la cama.
23 de marzo. Es por la mañana, y con obstinación mochilera, llevo un rato caminando por el arcén de una carretera, en dirección oeste. He visto bastantes señales blanquiazules que advierten: Tsunami Hazard Zone, en referencia al enorme desastre ocurrido en 2004 … En un momento dado, aparece a mi derecha un elefante asiático (Elephas maximus) de mediano o pequeño tamaño, quizá una hembra; se alza a apenas a unos metros de la carretera: una de sus patas permanece encadenada a un grillete y a una gruesa cuerda atada al tronco de un árbol grande. Parece muy nerviosa y ansiosa: realiza los mismos movimientos una y otra vez, balanceándose de lado a lado de forma repetitiva. Me detengo a cierta distancia del animal, le miro, y un par de segundos después aparece de entre la espesura un muchacho portando un palo, quien al descubrir mi presencia me mira inquisitivo. Inmediatamente me alejo, sin saludar al chico, aunque la escena me ha causado bastante lástima. Una cosa que sí haré bien será investigar sobre el tema esta misma noche: hay multitud de hipotéticas reservas o granjas en la región supuestamente dedicadas a la conservación del elefante asiático, autoproclamados santuarios ecológicos que, en realidad, no son más que prisiones de abuso y maltrato para estos pobres animales, aunque sí que parecen ser rentables para sus propietarios humanos. Infinidad de turistas occidentales pagarán gustosamente a cambio de un rato genial, en el que alimentarán, lavarán o incluso montarán sobre elefantes amaestrados al tiempo que se fotografiarán con ell@s y finalmente subirán las flamantes imágenes a sus redes sociales.
Una hora más tarde, frente a una pequeña cala (Paradise beach) me calzo mis escarpines de neopreno, me coloco en la cabeza mis gafas de buceo con cristales graduados y el tubo para respirar bajo el agua, de manera que realizo una tentativa de esnorkel. He escondido mis pertenencias bajo una roca emergida, con lo que apenas me alejo unos treinta o cuarenta metros de la orilla. Pero la marea está demasiado baja y hay cierta turbulencia de partículas. A mis ojos, el fondo intermareal, semi arenoso, aparece muy degradado: veo algunos peces de colores y bivalvos interesantes, pero también veo corales blanqueados, fragmentados o pisoteados, así como botellas, latas vacías y desechos de plástico flotantes. Además, el agua es somera y está caliente como una sopa, y en ella se mecen bastantes ctenóforos, organismos gelatinosos semitransparentes emparentados con las medusas, cuya presencia en abundancia es un indicador de mala salud medioambiental. Muchas medusas y ctenóforos equivalente a: pocos peces, así como a hábitats submarinos sobrexplotados, sobrecalentados o contaminados (Stung! Lisa-Ann Gershwin, 2013). La mayoría de los ctenóforos son minúsculos, y noto cómo se van adhiriendo a la piel desnuda de mis brazos y piernas; y aunque la picazón urticante es probablemente imaginada, me emparanoio lo suficiente como para salir rápido del agua. Antes de iniciar el camino de vuelta, charlo unos minutos con un jubilado de Trondheim, quien me pregunta en inglés por mi fallida inmersión, entre otras cosas, le comento que pasé casi un año en Tromso de 2007 a 2008, y ambos estamos de acuerdo en que el paisaje que nos rodea no puede ser más diferente al del norte de Noruega. Su joven amiga tailandesa no me mira con buenos ojos, parece que no le gusta que hable con él, así que me despido y me alejo... ha det bra, tusen takk. Un poco más arriba, detrás de un chiringuito, unas turistas inglesas decoran y acondicionan una parcela de yerba para una inminente boda de película. Hacia el otro lado, bastante lejos y sobre un mar en calma azul turquesa, un transatlántico navega lentamente hacia tierra. Y mientras retorno sobre mis pasos en el arcén caliente de la carretera, me adelantan personas nativas y turistas pilotando sus pequeñas motillos y algún taxista de paso me pregunta si necesito transporte. En fin, que una vez he retornado a la playa de Patong, el transatlántico ya está fondeado como a un kilómetro o más de la orilla, y varias lanchas van descargando turistas chinos en sendos lados de dos largos pantalanes. En consecuencia, el paseo marítimo se llena de chinos, y yo me veo obligado a cruzar la calle y alejarme de la multitud alborotada que bloquea completamente el paso.
Un rato después, camino descalzo entre los chiringuitos, las hamacas tumbonas, las sombrillas, y sobre la arena pisoteada de la playa, y voy esquivando lentamente a los seres humanos que se congregan para mirar la puesta de sol, o beber sus primeras copas de la noche; yo mismo me detengo unos minutos para contemplar a gente practicando parasailing, o sea elevándose por el aire.
A decir verdad estoy preocupado, y enfadado conmigo mismo, siento que he caído tontamente en una enorme trampa para turistas, como una sardina que estúpidamente sigue a un banco que a su vez se precipita hacia la malla de una red de pesca, sin plantearse nada, sin escapatoria. No he venido hasta aquí para esto; aunque ¿ a qué he venido en realidad? Concluyo que tengo que alejarme de este lugar lo antes posible, pero no para ir a cualquier otro destino aleatorio, y eso es lo que debería de estudiar mañana con detenimiento. En un bar o pub junto al hotel, le pido una hamburguesa a una simpática mujer tailandesa quien habla conmigo durante diez minutos o menos en inglés: But are you travelling alone?... ...Yes… Me cuenta que vivió en Londres durante unos años, que su hijo todavía permanece allí, de un “german friend” que tiene aquí en Phuket y, en general, diría que ella asume con naturalidad que yo he venido aquí a buscar sexo, compañía o pareja, y no le culpo por ello desde luego. Durante unos segundos me fijo en su atractivo rostro, en su maquillaje y en sus pestañas postizas. Me sirve una fanta naranja con hielo y una pequeña hamburguesa con esas uñas de las manos tan largas, ¿como harán para mantenerlas tan limpias? Percibiendo la estela de su perfume en el aire, reparo en mis propios sobacos sudados y siento esa vergüenza atávica.
youtu.be/9oYmcfjBY1M?si=viJ-kEGSV6j4JOwG
Menora dance
Ficción basada en la realidad
22 de marzo de 2025. Trayecto de Bangkok a Phuket con aire acondicionado. El conductor del autobús nos traslada hacia el sur por una especie de autovía que deja atrás palmerales, campos de cultivo, bosquetes de frutales, casuchas aisladas, y alguna que otra población constituida por edificios bajos de ladrillo, o delimitada por fábricas o almacenes. Es mediodía, y nos hemos detenido para repostar en un área de descanso con gasolinera y un espacio techado con pequeños puestos adosados de alimentación y comida rápida. Hay que coger número para ser atendido, debido a la congestión de pasajer@s. Tras unos minutos de ausencia, retorno de los baños afectado de un leve estreñimiento, quizá porque mi aparato digestivo todavía no se ha acostumbrado al agua, a la dieta, a la humedad y el calor. Seguidamente, me siento en una mesa junto a dos mujeres y una niña tailandesas quienes viajan conmigo en el mismo autocar. La niña muerde y agujerea una bolsita de plástico transparente llena de agua, y después chupa y sorbe por uno de sus bordes como si fuera un polo flash. La mujer que no es la madre de la niña me ha invitado a sentarme con ellas. Aquella persona tiene aproximadamente mi edad, posee un semblante sonriente y amable, al igual que cierta predisposición a ayudarme, gracias, quizá porque me ha visto un poco perdido. Tras retornar del baño consigo que me sirvan arroz con carne y verduras en un platillo de cartón, alimento que no consigo finalizar mientras las mujeres parlotean amigablemente en Thai.
Horas después, todavía en el interior del bus en movimiento, la altura del sol sobre el horizonte se reduce y la luz se torna más cálida. A través de las ventanillas de plexiglass, admiro hermosas prominencias o jorobas de roca caliza tapizadas parcialmente de un verdor exuberante. El paisaje más allá de la carretera semeja a una postal del sudeste asiático, lo que me hace sonreír y olvidar durante unos segundos el tedio y la fatiga de hoy. Estoy sentado junto al pasillo, y pegado a mi flanco derecho, junto a la ventana, duerme hecho un ovillo un chico argelino que según dice es boxeador. Antes me ha pedido utilizar los datos de internet de mi teléfono (de mi tarjeta sim tailandesa) ya que él necesitaba responder y consultar unos mensajes, y yo le he dicho que sí. La mujer tailandesa que he mencionado está sentada también junto al pasillo, aunque en el lado izquierdo y una fila más adelante, por lo que su cabello liso y oscuro, su hombro derecho moreno y desnudo, sus pies de uñas pintadas de rojo y calzados con sandalias con un poco de tacón, o sus manos de uñas pintadas de rojo que tocan frecuentemente un teléfono móvil, permanecen en mi perspectiva. A veces consigo dormitar unos minutos, y cuando abro de nuevo los ojos la veo otra vez a ella. De hecho, en cierto momento experimento un chispazo de lucidez e iluminación interior (quizá consecuencia del aburrimiento y de mi estupidez suprema) y reparo en sus pómulos salientes, en su constitución delgada, cuidada, pero robusta, en sus hombros que son tan anchos como los míos. Y a pesar de su voz fina, sus pechos, y su feminidad, me pregunto si ha vivido una transición de género. Si fuera así no sería en absoluto de mi incumbencia, y de todas maneras, dudo de que a ella le importen ni lo más mínimo mis pensamientos o mis prejuicios. De pronto, suena el timbre de su teléfono y ella apenas se demora en responder, al tiempo que alza y aleja el móvil frente a sí: es una vídeo llamada. Por las características de la voz y el acento al hablar en inglés, diría que el interlocutor es un hombre mayor de origen alemán. La conversación, que se mantiene audible, es algo así como: “Hellooo, my girl… Where are youu?” “We are still travelling, but we will arrive there soon, I see you soon” “Oohh¡ I am missing you so much, my beautiful girl! I miss youu my love! How are youu? I hope you are not too tired, the trip from Bangkok is soo loong... you now? Ooh my poor girl! You are so beautiful, I loove you!” Ella parece sonreir amablemente a la pantalla de su teléfono, asiente y no parece molesta en absoluto. El señor insiste y sostiene la conversación durante unos minutos más, aunque ella se limita únicamente a responder con gestos, risitas y monosílabos. Él parece muy enamorado, o quizá es un poco cansino, no lo sé, porque un rato más tarde vuelve a telefonearla, inquisitivo de su ubicación y repitiendo los mismos lamentos románticos… I love you my sweet love, I miss you so much!
El caso es que ha anochecido y por fin estamos llegando a la isla de Phuket, accesible por un puente o viaducto. En el autobús, la mujer amable (no recuerdo su nombre, lo siento) me dice que, si quiero, yo podría acompañarlas a ella y a otra compañera a la vecina playa de Patong, que es donde ella vive, y que a esta población nos llevaría un taxista quien nos estará esperando en la estación. Me comenta que en Patong hay alojamiento barato, naturaleza y playas en los alrededores en donde caminar, un ambiente más relajado y menos turístico que en Phuket, o eso es lo que entiendo. Por otro lado ¿que se supone que debo esperar? Confieso que estoy improvisando completamente: voy dando palos de ciego a través de un terreno desconocido (un método romántico pero muy ineficiente), y no miento si admito que mi decisión de viajar a Phuket se ha fundamentado en una búsqueda rápida y superficial en google. El chico argelino me propone pasar una o dos noches en su casa, porque cree que los hoteles en la isla de Phuket son demasiado caros… pero no me fio demasiado de él, seguramente un prejuicio mío, y declino varias veces. Así que cuando llegamos a la Bus Terminal de Phuket, la mujer amable, yo, y una chica joven tailandesa que ha viajado en la parte delantera del autocar, nos dirigimos junt@s hacia un coche que nos espera aparcado frente a la estación. En pie junto al vehículo aguarda el taxista, una mujer nativa de rostro risueño y rechoncho. Deposito mi vieja mochila de trekking en el maletero y me acomodo en el asiento trasero junto a la chica más joven, que en realidad es claramente un chico maquillado y vestido de mujer, y su tono de voz que no llega a ser grave posee cierta masculinidad.
El caso es que estas tres simpáticas mujeres me acompañan a una calleja perpendicular al paseo marítimo en donde hay varios hoteles baratos, y tras peguntar por el precio de una habitación en el Cocoon Beach Hotel, decido que me quedaré aquí, y es entonces cuando se despiden de mí. Le entrego mi parte del dinero a la taxista y muy agradecido les doy dos besos en las mejillas a cada una de las tres, lo que posiblemente les resulte confuso. La taxista me pregunta que si quiero, mañana ella podría llevarme a ver algunos sitios de interés, y yo probablemente debería aceptar, pero como soy un rancio y un antisocial... más o menos le digo que de momento prefiero ir a mi bola. Así que tras ducharme y cenar algo en un establecimiento de la calleja, caigo rendido en la cama.
23 de marzo. Es por la mañana, y con obstinación mochilera, llevo un rato caminando por el arcén de una carretera, en dirección oeste. He visto bastantes señales blanquiazules que advierten: Tsunami Hazard Zone, en referencia al enorme desastre ocurrido en 2004 … En un momento dado, aparece a mi derecha un elefante asiático (Elephas maximus) de mediano o pequeño tamaño, quizá una hembra; se alza a apenas a unos metros de la carretera: una de sus patas permanece encadenada a un grillete y a una gruesa cuerda atada al tronco de un árbol grande. Parece muy nerviosa y ansiosa: realiza los mismos movimientos una y otra vez, balanceándose de lado a lado de forma repetitiva. Me detengo a cierta distancia del animal, le miro, y un par de segundos después aparece de entre la espesura un muchacho portando un palo, quien al descubrir mi presencia me mira inquisitivo. Inmediatamente me alejo, sin saludar al chico, aunque la escena me ha causado bastante lástima. Una cosa que sí haré bien será investigar sobre el tema esta misma noche: hay multitud de hipotéticas reservas o granjas en la región supuestamente dedicadas a la conservación del elefante asiático, autoproclamados santuarios ecológicos que, en realidad, no son más que prisiones de abuso y maltrato para estos pobres animales, aunque sí que parecen ser rentables para sus propietarios humanos. Infinidad de turistas occidentales pagarán gustosamente a cambio de un rato genial, en el que alimentarán, lavarán o incluso montarán sobre elefantes amaestrados al tiempo que se fotografiarán con ell@s y finalmente subirán las flamantes imágenes a sus redes sociales.
Una hora más tarde, frente a una pequeña cala (Paradise beach) me calzo mis escarpines de neopreno, me coloco en la cabeza mis gafas de buceo con cristales graduados y el tubo para respirar bajo el agua, de manera que realizo una tentativa de esnorkel. He escondido mis pertenencias bajo una roca emergida, con lo que apenas me alejo unos treinta o cuarenta metros de la orilla. Pero la marea está demasiado baja y hay cierta turbulencia de partículas. A mis ojos, el fondo intermareal, semi arenoso, aparece muy degradado: veo algunos peces de colores y bivalvos interesantes, pero también veo corales blanqueados, fragmentados o pisoteados, así como botellas, latas vacías y desechos de plástico flotantes. Además, el agua es somera y está caliente como una sopa, y en ella se mecen bastantes ctenóforos, organismos gelatinosos semitransparentes emparentados con las medusas, cuya presencia en abundancia es un indicador de mala salud medioambiental. Muchas medusas y ctenóforos equivalente a: pocos peces, así como a hábitats submarinos sobrexplotados, sobrecalentados o contaminados (Stung! Lisa-Ann Gershwin, 2013). La mayoría de los ctenóforos son minúsculos, y noto cómo se van adhiriendo a la piel desnuda de mis brazos y piernas; y aunque la picazón urticante es probablemente imaginada, me emparanoio lo suficiente como para salir rápido del agua. Antes de iniciar el camino de vuelta, charlo unos minutos con un jubilado de Trondheim, quien me pregunta en inglés por mi fallida inmersión, entre otras cosas, le comento que pasé casi un año en Tromso de 2007 a 2008, y ambos estamos de acuerdo en que el paisaje que nos rodea no puede ser más diferente al del norte de Noruega. Su joven amiga tailandesa no me mira con buenos ojos, parece que no le gusta que hable con él, así que me despido y me alejo... ha det bra, tusen takk. Un poco más arriba, detrás de un chiringuito, unas turistas inglesas decoran y acondicionan una parcela de yerba para una inminente boda de película. Hacia el otro lado, bastante lejos y sobre un mar en calma azul turquesa, un transatlántico navega lentamente hacia tierra. Y mientras retorno sobre mis pasos en el arcén caliente de la carretera, me adelantan personas nativas y turistas pilotando sus pequeñas motillos y algún taxista de paso me pregunta si necesito transporte. En fin, que una vez he retornado a la playa de Patong, el transatlántico ya está fondeado como a un kilómetro o más de la orilla, y varias lanchas van descargando turistas chinos en sendos lados de dos largos pantalanes. En consecuencia, el paseo marítimo se llena de chinos, y yo me veo obligado a cruzar la calle y alejarme de la multitud alborotada que bloquea completamente el paso.
Un rato después, camino descalzo entre los chiringuitos, las hamacas tumbonas, las sombrillas, y sobre la arena pisoteada de la playa, y voy esquivando lentamente a los seres humanos que se congregan para mirar la puesta de sol, o beber sus primeras copas de la noche; yo mismo me detengo unos minutos para contemplar a gente practicando parasailing, o sea elevándose por el aire.
A decir verdad estoy preocupado, y enfadado conmigo mismo, siento que he caído tontamente en una enorme trampa para turistas, como una sardina que estúpidamente sigue a un banco que a su vez se precipita hacia la malla de una red de pesca, sin plantearse nada, sin escapatoria. No he venido hasta aquí para esto; aunque ¿ a qué he venido en realidad? Concluyo que tengo que alejarme de este lugar lo antes posible, pero no para ir a cualquier otro destino aleatorio, y eso es lo que debería de estudiar mañana con detenimiento. En un bar o pub junto al hotel, le pido una hamburguesa a una simpática mujer tailandesa quien habla conmigo durante diez minutos o menos en inglés: But are you travelling alone?... ...Yes… Me cuenta que vivió en Londres durante unos años, que su hijo todavía permanece allí, de un “german friend” que tiene aquí en Phuket y, en general, diría que ella asume con naturalidad que yo he venido aquí a buscar sexo, compañía o pareja, y no le culpo por ello desde luego. Durante unos segundos me fijo en su atractivo rostro, en su maquillaje y en sus pestañas postizas. Me sirve una fanta naranja con hielo y una pequeña hamburguesa con esas uñas de las manos tan largas, ¿como harán para mantenerlas tan limpias? Percibiendo la estela de su perfume en el aire, reparo en mis propios sobacos sudados y siento esa vergüenza atávica.
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