_Moments_
_
A pesar de sus quince años en Oriente, Manrique aún se sorprendió y hasta se escandalizó un poco ante el trato que se daba a los animales en la India, y que le parecía contrario al designio divino. «Algunos —apunta—, llegan a tales extremos en estas muestras de consideración que, en invierno, les ponen abrigos de algodón guateados a los perros. En el reino de Gujarat vi vacas y terneras vestidas con buenas capas de este tipo, abotonadas y atadas en el peto y en torno al vientre.» Aunque Manrique era capaz de tolerar comportamientos tan absurdos en el caso de animales domésticos y mascotas, trazaba una firme línea respecto a que los animales salvajes «aprovechen los amplios privilegios concedidos por esta secta pagana [el hinduismo] a las bestias salvajes, que con ello se vuelven dóciles y entran en sus casas».
Estaban en la época de los monzones, que dejaban los caminos convertidos en cenagales y gran parte del país bajo las aguas. En cierta ocasión, los viajeros se refugiaron en casa de un agricultor hindú, que les dio de comer y les dejó dormir en el establo. Mientras estaban allí, se presentaron unos pavos reales para ponerse a cubierto del mal tiempo. Las aves, según Manrique, «estaban acostumbradas a recibir caricias» y, gracias a ello, se dejaron atrapar y retorcer el pescuezo sin oponer resistencia. Manrique y sus criados musulmanes asaron y dieron cuenta de los animales pero, acto seguido, al recordar los prejuicios de los hindúes en tales asuntos, les entraron dudas sobre la conveniencia de lo que habían hecho. Como precaución, enterraron los restos de su banquete, pero dejaron olvidadas algunas plumas. Al día siguiente, cuando ya se habían ido, el agricultor las descubrió y dio la alarma, tras la cual se inició una persecución encarnizada. Siguió a esto un feroz acoso a lo largo de varios kilómetros, durante el cual los indios les arrojaron una lluvia de flechas y Manrique se volvió un par de veces para dispararles con su mosquete. Afortunadamente, el tirador inglés no iba con ellos y nadie sufrió el menor rasguño. Sin embargo, la alerta estaba dada y, al llegar a la siguiente población importante, el portugués y los suyos fueron detenidos y encerrados en la cárcel. Al tener que tratar con las autoridades musulmanas, Manrique planteó el argumento de que, tanto según la fe islámica como según la cristiana, los animales habían sido creados por Dios para su uso y disfrute por el hombre y, por tanto, era lícito comérselos. El gobernador estuvo rotundamente de acuerdo con ello pero señaló, por otro lado, que el emperador mongol había garantizado a sus súbditos hindúes el derecho a vivir según sus propias leyes y costumbres, sin interferencias. Existía una ley y el gobernador estaba obligado a hacerla cumplir, aunque en aquel caso se proponía mostrar clemencia castigando al perpetrador de la ofensa con unos simples latigazos y la pérdida de la mano derecha.
Manrique se encontró, pues, en una situación apurada en la cual tuvo que sacar a relucir su gran capacidad como intrigante. Debido, probablemente, a su condición de eclesiástico, el portugués fue liberado de la celda y quedó en posición de llevar a cabo su maniobra. Sin duda, captó de un vistazo la personalidad del gobernador y consiguió enterarse de suficientes detalles acerca de su esposa como para decidir el mejor modo de afrontar la situación. «Después de aplacar [al gobernador] mediante los preámbulos y explicaciones habituales en tales ocasiones, hice llegar a su esposa, a través de él, una pieza de tafetán chino, de color verde y con flores bordadas en blanco, rosa y amarillo. Era un regalo suficientemente rico y grato y, reconociéndolo así, la mujer quiso mostrarme su agradecimiento e hizo cuanto estuvo en su mano ante su esposo para conseguir que pusiera discretamente en libertad al prisionero, simulando que había huido.»
(Donde las piedras son dioses, viajes por las zonas prohibidas de la India.) Norman Lewis
_
A pesar de sus quince años en Oriente, Manrique aún se sorprendió y hasta se escandalizó un poco ante el trato que se daba a los animales en la India, y que le parecía contrario al designio divino. «Algunos —apunta—, llegan a tales extremos en estas muestras de consideración que, en invierno, les ponen abrigos de algodón guateados a los perros. En el reino de Gujarat vi vacas y terneras vestidas con buenas capas de este tipo, abotonadas y atadas en el peto y en torno al vientre.» Aunque Manrique era capaz de tolerar comportamientos tan absurdos en el caso de animales domésticos y mascotas, trazaba una firme línea respecto a que los animales salvajes «aprovechen los amplios privilegios concedidos por esta secta pagana [el hinduismo] a las bestias salvajes, que con ello se vuelven dóciles y entran en sus casas».
Estaban en la época de los monzones, que dejaban los caminos convertidos en cenagales y gran parte del país bajo las aguas. En cierta ocasión, los viajeros se refugiaron en casa de un agricultor hindú, que les dio de comer y les dejó dormir en el establo. Mientras estaban allí, se presentaron unos pavos reales para ponerse a cubierto del mal tiempo. Las aves, según Manrique, «estaban acostumbradas a recibir caricias» y, gracias a ello, se dejaron atrapar y retorcer el pescuezo sin oponer resistencia. Manrique y sus criados musulmanes asaron y dieron cuenta de los animales pero, acto seguido, al recordar los prejuicios de los hindúes en tales asuntos, les entraron dudas sobre la conveniencia de lo que habían hecho. Como precaución, enterraron los restos de su banquete, pero dejaron olvidadas algunas plumas. Al día siguiente, cuando ya se habían ido, el agricultor las descubrió y dio la alarma, tras la cual se inició una persecución encarnizada. Siguió a esto un feroz acoso a lo largo de varios kilómetros, durante el cual los indios les arrojaron una lluvia de flechas y Manrique se volvió un par de veces para dispararles con su mosquete. Afortunadamente, el tirador inglés no iba con ellos y nadie sufrió el menor rasguño. Sin embargo, la alerta estaba dada y, al llegar a la siguiente población importante, el portugués y los suyos fueron detenidos y encerrados en la cárcel. Al tener que tratar con las autoridades musulmanas, Manrique planteó el argumento de que, tanto según la fe islámica como según la cristiana, los animales habían sido creados por Dios para su uso y disfrute por el hombre y, por tanto, era lícito comérselos. El gobernador estuvo rotundamente de acuerdo con ello pero señaló, por otro lado, que el emperador mongol había garantizado a sus súbditos hindúes el derecho a vivir según sus propias leyes y costumbres, sin interferencias. Existía una ley y el gobernador estaba obligado a hacerla cumplir, aunque en aquel caso se proponía mostrar clemencia castigando al perpetrador de la ofensa con unos simples latigazos y la pérdida de la mano derecha.
Manrique se encontró, pues, en una situación apurada en la cual tuvo que sacar a relucir su gran capacidad como intrigante. Debido, probablemente, a su condición de eclesiástico, el portugués fue liberado de la celda y quedó en posición de llevar a cabo su maniobra. Sin duda, captó de un vistazo la personalidad del gobernador y consiguió enterarse de suficientes detalles acerca de su esposa como para decidir el mejor modo de afrontar la situación. «Después de aplacar [al gobernador] mediante los preámbulos y explicaciones habituales en tales ocasiones, hice llegar a su esposa, a través de él, una pieza de tafetán chino, de color verde y con flores bordadas en blanco, rosa y amarillo. Era un regalo suficientemente rico y grato y, reconociéndolo así, la mujer quiso mostrarme su agradecimiento e hizo cuanto estuvo en su mano ante su esposo para conseguir que pusiera discretamente en libertad al prisionero, simulando que había huido.»
(Donde las piedras son dioses, viajes por las zonas prohibidas de la India.) Norman Lewis