_Moments_
Ajo y agua
Considero impía y detestable la máxima de que en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tenga derecho a hacerlo todo, y sin embargo sitúo en la voluntad de la mayoría el origen de todos los poderes. ¿Estoy en contradicción conmigo mismo?
Existe una ley general hecha, o cuando menos adoptada, no sólo por la mayoría de tal o cual pueblo, sino por la mayoría de los hombres, Esta ley es la justicia.
La injusticia constituye, pues el límite del derecho de todo pueblo.
Una nación es como un jurado encargado de representar a la sociedad universal y de aplicar la justicia, que es su ley. El jurado, que representa a la sociedad, ¿debe tener más poder que la sociedad misma cuyas leyes aplica?
Así pues, cuando yo rehúso obedecer a una ley injusta no niego a la mayoría el derecho de mandar; no hago sino apelar contra la soberanía del pueblo ante la soberanía del género humano.
Hay quienes no han temido afirmar que un pueblo, en aquello que sólo a él interesa, no puede salirse de los límites de la justicia y de la razón, por lo que no hay nada que temer al entregarle todo poder a la mayoría que lo representa. Pero éste es un lenguaje de esclavo.
¿Qué es entonces una mayoría tomada colectivamente sino un individuo que tiene opiniones y a menudo intereses contrarios a otro individuo llamado minoría? Ahora bien, si admitimos que un hombre revestido de omnipotencia puede abusar de ella con sus adversarios, ¿por qué no admitir lo mismo respecto a la mayoría? Los hombres, al reunirse, ¿acaso cambian de carácter? ¿Se han vuelto más pacientes con los obstáculos al hacerse más fuertes?. No puedo creerlo; y el poder de hacerlo todo, que yo niego al hombre solo, jamás lo concederé a varios.
(...) Lo que más reprocho al gobierno democrático, tal como está organizado en los Estados Unidos, no es, como muchos sostienen en Europa, su debilidad, sino al contrario, su irresistible fuerza. Y lo que más me repugna de América no es la extremada libertad que allí reina, sino la poca garantía que existe contra la tiranía.
Cuando un hombre o un partido es víctima de una injusticia en los Estados Unidos ¿a quién queréis que se dirija? ¿A la opinión pública? Es ella la que forma la mayoría. ¿Al cuerpo legislativo? Éste representa a la mayoría y la obedece ciegamente. ¿Al poder ejecutivo? Es la mayoría quien lo nombra y a quien sirve de instrumento pasivo. ¿A la fuerza pública? La fuerza pública no es otra cosa que la mayoría en armas. ¿Al jurado? El jurado es la mayoría revestida del derecho de emitir fallos; en ciertos Estados, los jueces mismos son elegidos por la mayoría. Por inicua o fuera de razón que sea la medida que os perjudica, no tenéis más remedio que someteros a ella.
(La democracia en América, parte I, págs. 363,364, 365 y 366) Alexis de Tocqueville
Ajo y agua
Considero impía y detestable la máxima de que en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tenga derecho a hacerlo todo, y sin embargo sitúo en la voluntad de la mayoría el origen de todos los poderes. ¿Estoy en contradicción conmigo mismo?
Existe una ley general hecha, o cuando menos adoptada, no sólo por la mayoría de tal o cual pueblo, sino por la mayoría de los hombres, Esta ley es la justicia.
La injusticia constituye, pues el límite del derecho de todo pueblo.
Una nación es como un jurado encargado de representar a la sociedad universal y de aplicar la justicia, que es su ley. El jurado, que representa a la sociedad, ¿debe tener más poder que la sociedad misma cuyas leyes aplica?
Así pues, cuando yo rehúso obedecer a una ley injusta no niego a la mayoría el derecho de mandar; no hago sino apelar contra la soberanía del pueblo ante la soberanía del género humano.
Hay quienes no han temido afirmar que un pueblo, en aquello que sólo a él interesa, no puede salirse de los límites de la justicia y de la razón, por lo que no hay nada que temer al entregarle todo poder a la mayoría que lo representa. Pero éste es un lenguaje de esclavo.
¿Qué es entonces una mayoría tomada colectivamente sino un individuo que tiene opiniones y a menudo intereses contrarios a otro individuo llamado minoría? Ahora bien, si admitimos que un hombre revestido de omnipotencia puede abusar de ella con sus adversarios, ¿por qué no admitir lo mismo respecto a la mayoría? Los hombres, al reunirse, ¿acaso cambian de carácter? ¿Se han vuelto más pacientes con los obstáculos al hacerse más fuertes?. No puedo creerlo; y el poder de hacerlo todo, que yo niego al hombre solo, jamás lo concederé a varios.
(...) Lo que más reprocho al gobierno democrático, tal como está organizado en los Estados Unidos, no es, como muchos sostienen en Europa, su debilidad, sino al contrario, su irresistible fuerza. Y lo que más me repugna de América no es la extremada libertad que allí reina, sino la poca garantía que existe contra la tiranía.
Cuando un hombre o un partido es víctima de una injusticia en los Estados Unidos ¿a quién queréis que se dirija? ¿A la opinión pública? Es ella la que forma la mayoría. ¿Al cuerpo legislativo? Éste representa a la mayoría y la obedece ciegamente. ¿Al poder ejecutivo? Es la mayoría quien lo nombra y a quien sirve de instrumento pasivo. ¿A la fuerza pública? La fuerza pública no es otra cosa que la mayoría en armas. ¿Al jurado? El jurado es la mayoría revestida del derecho de emitir fallos; en ciertos Estados, los jueces mismos son elegidos por la mayoría. Por inicua o fuera de razón que sea la medida que os perjudica, no tenéis más remedio que someteros a ella.
(La democracia en América, parte I, págs. 363,364, 365 y 366) Alexis de Tocqueville