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La última decisión
La noche se desgrana alrededor, con sus luces infinitas titilando en un espacio de oscuros pensamientos. Luces de faros en movimiento, plenamente convencidos de que llegarán a su destino, se funden y se atraviesan, deshojan la margarita de sus últimos sueños.
Lánguida y vaporosa, la melancolía resiste a otros sentimientos, hace que todo se encuentre con ella en la esquina de la oscuridad.
Huele a sentencia final, pero también a nostalgia, a ese aroma que tienen los deseos de nunca jamás... Sin embargo la noche siempre nos conmueve, nos vuelve hacia otro lado la mirada. Ella es todo lo que nos sobra y nos falta.
Mirar los últimos faros deambular por el rio de las calles, pendientes del hilo de su propia luz, conlleva frialdad, la aventura de atreverse a meter la mano en las entrañas y remover los recuerdos: las perfectas tardes en que nada pasaba y el tiempo dormía al borde del alero del tejado, donde sonaba mustia una cigarra. También aquello que tiene que ver con la soledad... Aquella tarde de agobiante calor, sin más techo que la sombra de una parra, solemne, plomiza, esperando el autobús... Aquel pájaro que calló fulminado por el calor en pleno vuelo y quedó allí, inerme, en medio de la calle, mientras todos callaban ausentes, heridos por su definitivo destino.
Los recuerdos le asaltaban en oleadas, callados tanto tiempo en el alma, sin saber qué había hecho hasta ese momento para sentirse inmensamente perdido nada más llegar...
¿Cómo había recalado allí? ¿Con qué propósito dejaba correr al tiempo tras la estela de una nube de la que no sabía nada? ¿Qué hacía en esa extraña ciudad que le oprimía el corazón por ajena, por imposible?
Un grito, una sirena, el silencio, luego la lluvia que deshace en neblina el horizonte de luces, casi hasta el infinito.
La imagen de Celia, dormida a miles de kilómetros, extrañándole triste, promueve el vacío torbellino que le urge por dentro; sin poder evitar arrepentirse del viaje, sin saber aún que la decisión sea acertada, quisiera deshacer el camino andado en un segundo, como si nada hubiera acontecido. ¿Para qué...?
Para continuar el lento transcurrir de los dias con el corazón agazapado de miedos...
La última decisión
La noche se desgrana alrededor, con sus luces infinitas titilando en un espacio de oscuros pensamientos. Luces de faros en movimiento, plenamente convencidos de que llegarán a su destino, se funden y se atraviesan, deshojan la margarita de sus últimos sueños.
Lánguida y vaporosa, la melancolía resiste a otros sentimientos, hace que todo se encuentre con ella en la esquina de la oscuridad.
Huele a sentencia final, pero también a nostalgia, a ese aroma que tienen los deseos de nunca jamás... Sin embargo la noche siempre nos conmueve, nos vuelve hacia otro lado la mirada. Ella es todo lo que nos sobra y nos falta.
Mirar los últimos faros deambular por el rio de las calles, pendientes del hilo de su propia luz, conlleva frialdad, la aventura de atreverse a meter la mano en las entrañas y remover los recuerdos: las perfectas tardes en que nada pasaba y el tiempo dormía al borde del alero del tejado, donde sonaba mustia una cigarra. También aquello que tiene que ver con la soledad... Aquella tarde de agobiante calor, sin más techo que la sombra de una parra, solemne, plomiza, esperando el autobús... Aquel pájaro que calló fulminado por el calor en pleno vuelo y quedó allí, inerme, en medio de la calle, mientras todos callaban ausentes, heridos por su definitivo destino.
Los recuerdos le asaltaban en oleadas, callados tanto tiempo en el alma, sin saber qué había hecho hasta ese momento para sentirse inmensamente perdido nada más llegar...
¿Cómo había recalado allí? ¿Con qué propósito dejaba correr al tiempo tras la estela de una nube de la que no sabía nada? ¿Qué hacía en esa extraña ciudad que le oprimía el corazón por ajena, por imposible?
Un grito, una sirena, el silencio, luego la lluvia que deshace en neblina el horizonte de luces, casi hasta el infinito.
La imagen de Celia, dormida a miles de kilómetros, extrañándole triste, promueve el vacío torbellino que le urge por dentro; sin poder evitar arrepentirse del viaje, sin saber aún que la decisión sea acertada, quisiera deshacer el camino andado en un segundo, como si nada hubiera acontecido. ¿Para qué...?
Para continuar el lento transcurrir de los dias con el corazón agazapado de miedos...