¿Cómo reconstruir nuestro cuerpo? ¿qué hay de nosotros en los objetos? Para fabricar un collage partamos de cero. El cero no refiere al histórico punto blanco que toma prestado Louis Aragon de Derain; es el encuantro del objeto inmaculado surgido de las más profundas entrañas de las cadenas de producción.

Y no hay mejor método cognitivo que el presupuesto por el Sr. Tzara en el filme de Richter Dadascope: "comer chocolate, lavar vuestro cerebro...". En el giro onánico de la lavadora se da la manifestación de la máxima ignorancia, el desconocimiento de sí.

Debord resume la historia en la sustitución paulatina de la alienación natural por la alienación social. La natura actual estriba en las preocupaciones que anulan la existencia de los árboles de Belleville, el tren de Turner o la bombilla futurista. Ya no les prestamos atención. Podemos empapelar nuestro aura con el listín telefónico, con las de los periódicos de reparto gratuito o con la publicidad de buzoneo, con cualquier manifestación de la Ideología. Ya no necesitamos de lo Maravilloso surrealista, nos basta con cualquier vulgaridad a la que nos tiene acostumbrado el Mercado. Juan de Leyden es un pintor de paisajes que copia lo que ve para reducirlo todo sin jerarquías posibles, desde los diseños suprematistas junto a las letras COBRA de Dotremont, hasta los planos urbanos y los anuncios chinos.

Y retornamos a la vieja incógnita tras décadas y décadas de investigaciones: ¿Cómo materializar la información que constituye nuestra campiña bretona? Después de Goya, Hausmann, Höch, Heartfield, Wolman, Vaucher y Yates, Juan presenta nuesvos entornos que, como retratos-paisajes de Rousseau, incitan a entrar en un nuevo inconsciente colectivo, mito de la anulación postnuclear.

Objetos-paisajes que aúnan lo físico y lo pensado. La única salida revolucionaria del arte, siempre cognitivo, es la construcción del objeto. Mientras los triunfadores artistas nos cuentan sus historias, otros preparan lo que será la burocracia futura.

-Manuel Sanchez Oms, para la Primera Muestra de Catastrofismo Gráfico, marzo de 2006.

 

Breves apuntes sobre el collage catastrofista. (El collage, la imagen en su orden natural.)

Artículo aparecido en el número 2 de la revista Himen, octubre de 2007.

 

Aunque el collage no es exclusivo de la era capitalista, sí alcanza su máximo desarrollo cuando ésta se transforma en imagen.

 

El collage es una respuesta coherente al bombardeo disperso de imágenes dictatoriales. Una puesta en orden, en su orden natural, de estas imágenes deslocalizadas, separadas que sirven para su propio fin de una manera concreta.

 

El capital en su fase espectacular, convertido en imagen, es también un fuego a discreción de elementos visuales; de publicidad unidireccional que suprime cualquier tipo de posibilidad en la reacción que no sea el sometimiento a la compra-venta.

 

Compuesto desde sus inicios de elementos descontextualizados y/o reutilizados, el collage, supone un juego de reinterpretación real de la no realidad, basado ahora en la propia persona o grupo de forma antiespecializada (el collage es pobre, reproducible a discreción, decía Louis Aragon). Al utilizar la imagen de manera lúdica se desprende de sentido la original, pero al combinarla con otras ajenas el nuevo conjunto adquiere propiedades, no sólo poéticas, bellas, sino visionarias, en tanto nuevo conjunto coherente: abre paso a los paisajes contemporáneos del capitalismo.

 

La combinación de elementos anacrónicos, formas mecánicas y texturas vacías nos acerca de una manera mucho más veraz al sentido de la época. Esta visión de conjunto supera al propio azar del autor en la mecanicidad del proceso de elaboración para disponer los fragmentos en un nuevo plano en el que ya no solo hacen el amor, sino que se ordenan la Historia y las imágenes de la mercancía dispersas en un objeto grotesco, que no es sino producto de su propia época -hijo bastardo de la época-.

 

El collage es siempreun hijo legítimo de su tiempo, un bello vástago de unos padres deformes, la concreción de lo difuso. Es también esencialmente lúdico ya que compuesto de imágenes que son lo que son y han de ser así genera nuevas propuestas donde queda lo que es, pero también lo que no es.

 

En los tipos de espectáculos concentrados, el collage se desenvuelve de la misma forma, aunque su explosión lúdica se arruina por la lluvia de las circunstancias.

 

Así es el caso de John Heartfield, que, en pleno nazismo, supo reinterpretar las imágenes del régimen, no solo para invertir su valor sino para ampliarlo. El ejercicio es sencillo: una de las muchas imágenes de Hitler, dinero y burgueses. Al combinar las tres no solo se subvierte el sentido de cada una de ellas, sino que el resultado nos acerca a lo que es.

 

La carga lúdica de los fontomontajes de Heartfield desaparece en el momento que éstos no pretenden enseñar más que lo que efectivamente son. Pero no seremos nosotros quienes vayamos a decir que eliminar el juego de sus collages fue una decisión desafortunada. En tiempos de guerra abierta deben usarse todos los medios al alcance.

 

Pero volviendo al espectáculo difuso, más bien ahora integrado (todos estos conceptos en el más riguroso sentido debordista), el collage catastrofista en nada disiente con quienes anteriormente lo analizaron en estos términos, salvo en la época en la que se desarrolla. Las imágenes que obtiene y el efecto que tiene enfrentado a su propio mundo se articula en primer punto como una disciplina antiespecialista y como una fuente directa de juego y diversión creativa y constructiva, no ausente del componente azar y automático que amplia, en no poco, estos aspectos. Es un juego de reapropiación donde, también, los elementos pictóricos participan de manera importante: la libertad de las formas coloreadas de Malevich como la nada absoluta son un ingrediente indispensable en algún momento para todo objeto que se pretenda un no-valor.

 

Tras esto, la interpretación, el estudio. Tratar de extraer algunas líneas e ideas que nos ayuden a desentramar el engañoso mundo de las imágenes verdaderas. Pero, ante todo, debe ser recordado que nosotros también queremos jugar.

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