No sé muy bien por qué empecé a hacer fotos deseando de verdad hacerlas. Tampoco cuándo exactamente. No hay ninguna historia memorable detrás. Tal vez todo se remonte a un día en el que, casi sin darme cuenta, me estaba comprando una réflex Yashica FZ-30 de segunda mano, que me acompañó durante años hasta que ya no pude pagar más revelados. Mi madre se desesperaba cuando le decía que de cada carrete me valían, con suerte, dos fotos. El resto las guardaba para pensar en los errores que intuía, y verlos una y otra vez con el paso de los años para descubrir los aciertos que entonces no sabía ver.

 

Aquella cámara era increíble, la mejor que tendré nunca. Merece guardarse como un tesoro hasta que venga alguien a cogerme el testigo de lo analógico. Mover el duro objetivo hasta encontrar el punto exacto, acertar con el fotómetro interno básico, disparar haciendo un gran clack, retroceder el carrete a mano rápido, porque después de una foto venía otra, siempre, siempre, rápido, ahora... Qué sensación. Captar para siempre mi mirada, la mía, lo que veía y lo que quería ver. Acababa de descubrir mis ojos. A ella le debo quitarme el velo.

 

Pasaron más de dos años hasta que volví a la tienda de segunda mano. Fui con la idea de comprar una reveladora de blanco y negro... Y no me fui de allí hasta conseguir traerla a casa. Era (es) un cacharro que debía tener entonces su medio siglo de vida. Me hice con los líquidos, las pinzas, una cortina densa que pegué a los bordes de la ventana con velcro, una tabla grande, un taburete, y un par de libros. Los leía debajo de la luz roja del laboratorio/biblioteca mientras oía a mi madre cocinar, o dormir, o ver la televisión. Siempre se me colaba polvo en los revelados, o se quedaba la marca de la pinza al tenderlos, o positivaba una imagen que en realidad no era la que quería. Me daba igual. No buscaba un fin, sino disfrutar del camino. Aprendí a revelar en semanas, y después el trabajo de verdad absorbió mi vida y me llevó lejos del cuarto oscuro. No he vuelto a usarla desde 2006, y ahora aguarda impaciente un momento de locura transitoria junto a mi querida primera réflex.

 

Muchos años después, la fotografía es mi modo de expresión personal, la mejor forma que he encontrado para palpar mis sentimientos. No es mi hobby, ni mi profesión, tal vez sea una mezcla de las dos cosas, tal vez ninguna. Me gusta sentir que detrás de cada imagen hay un momento único que no volverá a repetirse. Me encanta interpretar esos momentos, ver otra realidad. Yo sólo llego hasta donde ven mis ojos, y sólo veo como ellos quieren que vea. Por eso no creo que la cámara sea lo importante, sino sólo la tinta que escribe mil palabras de colores sobre un papel en blanco. Dichosos los ojos, que me traen de nuevo hasta aquí con tanta melancolía... pero con mucha ilusión. Sobre todo esto último :)

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