Lo encontré un amanecer realizando ejercicios de taichi, esa especie de gimnasia, danza y coreografía que denota el especial sentido de la armonía, el ritmo y la plasticidad de una vieja cultura.
Ahí estaba entre la neblina, el viejo con su sable y un traje azul marino de terciopelo de terciopelo que lo hacía lucir aún más elegante.
Junto a él otro hombre practicaba una más de las artes tradicionales chinas: volar cometas o papalotes, en este caso con la figura de un aguila.
El águila, el viejo con el sable y el volador de cometas se encontraban en el sector de Sahnghai conocido como The Bund, el sitio donde a principios del siglo XX las grandes potencias fincaron sus reales para beneficiarse con el comercio de productos chinos.
The Bund conserva construcciones de gran valor arquitectónico que lo hace a uno sentirse en una calle europea, lleno de cafés, restaurantes, hoteles de gran turismo y boutiques con las firmas mas renombradas internacionalmente y las nuevas propuestas chinas que se incorporan con enorme vigor.
Pero lo extraordinario es que al pie de los monumentos conmemorativos de las gestas maoistas donde nuestros personajes recreaban su cuerpo y espíritu, un gran telón de sorprendente modernidad les servía de fondo: Pudong, una especie de Manhattan oriental con bancos y grandes corporaciones
Así se conjuntan expresiones centenarias con formas vanguardistas que anuncian el despertar del coloso que sirve conservando sus viejas formas de vida. Esta escena se repite con distintos matices por todo el enorme país donde millones de personas, hombres y mujeres, cada mañana se encuentran con su pasado para proyectarse inmediatamente después decididamente al futuro.
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