Crepidotus-cf.-variabilis
Crepidotus cf. variabilis.
Aparentemente en el bosque de ribera no había nada, pero al volver un viejo tronco de chopo, escondido entre sus huecos carcomidos, apareció este hermoso hongo , como pequeños abanicos blancos, suaves y afieltrados, adheridos lateralmente a la madera muerta. No tiene pie visible: simplemente nace pegado al soporte, como si brotara directamente de la memoria del árbol que fué.
Con el tiempo, sus láminas —primero blancas, luego suavemente ocráceas por la maduración de las esporas— se arquean desde un punto central, recordando la forma de una concha marina perdida en mitad del monte. Vive de lo que ya ha caído, saprófito paciente, transformando restos vegetales en vida futura.
No tiene valor culinario, pero sí un encanto silencioso: el de esas especies que, sin llamar la atención, sostienen el ciclo del bosque. Allí donde lo encuentras, sabes que la descomposición sigue su curso, que el monte respira.
Rio Guadalfeo.
Vélez de Benaudalla
18012026
Crepidotus-cf.-variabilis
Crepidotus cf. variabilis.
Aparentemente en el bosque de ribera no había nada, pero al volver un viejo tronco de chopo, escondido entre sus huecos carcomidos, apareció este hermoso hongo , como pequeños abanicos blancos, suaves y afieltrados, adheridos lateralmente a la madera muerta. No tiene pie visible: simplemente nace pegado al soporte, como si brotara directamente de la memoria del árbol que fué.
Con el tiempo, sus láminas —primero blancas, luego suavemente ocráceas por la maduración de las esporas— se arquean desde un punto central, recordando la forma de una concha marina perdida en mitad del monte. Vive de lo que ya ha caído, saprófito paciente, transformando restos vegetales en vida futura.
No tiene valor culinario, pero sí un encanto silencioso: el de esas especies que, sin llamar la atención, sostienen el ciclo del bosque. Allí donde lo encuentras, sabes que la descomposición sigue su curso, que el monte respira.
Rio Guadalfeo.
Vélez de Benaudalla
18012026