ABANQUEIRO, Boiro, La Coruña, Galicia. Iglesia de San Cristóbal (Cristovo).
En el muro de esta iglesia están incrustados los relieves de la foto (sugiero verla en tamaño grande), encontrados en el atrio.
Para los amantes de la evolución de la iconografía a través del tiempo, las representaciones de la Virgen son fascinantes. El Arte es, muchas veces, una fuente de la Historia.
La Iglesia ha proclamado dos dogmas marianos en los últimos 160 años. Primero, en 1854, el de la Inmaculada Concepción de María, por el que proclama que la Virgen nació libre del pecado original. Después, en 1950, el de la Asunción: la Virgen subió al cielo en cuerpo y alma.
En ambos casos, la devoción popular y la opinión de muchos miembros de la jerarquía había ido por delante. Quiero decir que, aunque no formara parte de la ortodoxia, se creía en ello, porque tampoco la contradecía.
Esto tiene repercusión en la iconografía. En el s. XIII ya aparece María, sentada a la derecha de su Hijo, siendo coronada por Él, en tímpanos de catedrales como Notre Dame en París o en la puerta de San Francisco de la de León. Y cito estas dos en concreto porque en ambas aparecen los ángeles en la misma actitud que en Abanqueiro: arrodillados y portando candelabros.
Este dilema creencias/tradición - ortodoxia era importante, sobre todo en los grandes templos. Y más a partir de Trento y la Contrarreforma. Víctor I. Stoichita recoge el caso de una consulta al cardenal Paleotti en 1583 sobre la representación de la Asunción, en la que se le pregunta si se puede representar a los apóstoles, alrededor del sepulcro de la Virgen, pero elevando los ojos para ver su cuerpo subiendo al cielo. La contestación del cardenal es casi salomónica: no existen fuentes doctrinales que narren el hecho, por lo que debe mantenerse la tradición. Pero no puede descartarse que, por inspiración, algunos vieran lo que otros no; sugiere entonces este gran experto en imágenes que "algunos de los apóstoles" pudieran ser representados mirando a lo alto. "El ojo místico", Alianza, 1995, p.41-42.
Ésta de Abanqueiro, procedente probablemente de un baldaquino (nótense las formas de la parte inferior de la pieza), parece representar la Concepción Inmaculada de la Virgen (luna a los pies, Ap 12,1) que se convertirá en estereotipo y que aceptaría gestualmente la comparación con la de Murillo. Se suele datar hacia el s. XIII, fecha que encajaría con la iconografía de los ángeles, es decir, unos 600 años antes de la proclamación del dogma.
No se puede olvidar que en la devoción a la Virgen, España siempre fue por delante y ahí está San Ildefonso (S.VII), las fundaciones de los reyes asturianos, o la atribución al obispo compostelano San Pedro de Mezonzo de la oración de la Salve, en disputa con San Bernardo de Claraval. Una clarísima Asunción se representa en una bóveda del transepto de San Martín de Mondoñedo en el primer cuarto del s. XII. Mientras nadie me demuestre lo contrario, creo que se trata, con mucho, de la más antigua conservada en el arte tan inequívoca y sin ligar con el Tránsito o Dormición, es decir, la muerte de María.
ABANQUEIRO, Boiro, La Coruña, Galicia. Iglesia de San Cristóbal (Cristovo).
En el muro de esta iglesia están incrustados los relieves de la foto (sugiero verla en tamaño grande), encontrados en el atrio.
Para los amantes de la evolución de la iconografía a través del tiempo, las representaciones de la Virgen son fascinantes. El Arte es, muchas veces, una fuente de la Historia.
La Iglesia ha proclamado dos dogmas marianos en los últimos 160 años. Primero, en 1854, el de la Inmaculada Concepción de María, por el que proclama que la Virgen nació libre del pecado original. Después, en 1950, el de la Asunción: la Virgen subió al cielo en cuerpo y alma.
En ambos casos, la devoción popular y la opinión de muchos miembros de la jerarquía había ido por delante. Quiero decir que, aunque no formara parte de la ortodoxia, se creía en ello, porque tampoco la contradecía.
Esto tiene repercusión en la iconografía. En el s. XIII ya aparece María, sentada a la derecha de su Hijo, siendo coronada por Él, en tímpanos de catedrales como Notre Dame en París o en la puerta de San Francisco de la de León. Y cito estas dos en concreto porque en ambas aparecen los ángeles en la misma actitud que en Abanqueiro: arrodillados y portando candelabros.
Este dilema creencias/tradición - ortodoxia era importante, sobre todo en los grandes templos. Y más a partir de Trento y la Contrarreforma. Víctor I. Stoichita recoge el caso de una consulta al cardenal Paleotti en 1583 sobre la representación de la Asunción, en la que se le pregunta si se puede representar a los apóstoles, alrededor del sepulcro de la Virgen, pero elevando los ojos para ver su cuerpo subiendo al cielo. La contestación del cardenal es casi salomónica: no existen fuentes doctrinales que narren el hecho, por lo que debe mantenerse la tradición. Pero no puede descartarse que, por inspiración, algunos vieran lo que otros no; sugiere entonces este gran experto en imágenes que "algunos de los apóstoles" pudieran ser representados mirando a lo alto. "El ojo místico", Alianza, 1995, p.41-42.
Ésta de Abanqueiro, procedente probablemente de un baldaquino (nótense las formas de la parte inferior de la pieza), parece representar la Concepción Inmaculada de la Virgen (luna a los pies, Ap 12,1) que se convertirá en estereotipo y que aceptaría gestualmente la comparación con la de Murillo. Se suele datar hacia el s. XIII, fecha que encajaría con la iconografía de los ángeles, es decir, unos 600 años antes de la proclamación del dogma.
No se puede olvidar que en la devoción a la Virgen, España siempre fue por delante y ahí está San Ildefonso (S.VII), las fundaciones de los reyes asturianos, o la atribución al obispo compostelano San Pedro de Mezonzo de la oración de la Salve, en disputa con San Bernardo de Claraval. Una clarísima Asunción se representa en una bóveda del transepto de San Martín de Mondoñedo en el primer cuarto del s. XII. Mientras nadie me demuestre lo contrario, creo que se trata, con mucho, de la más antigua conservada en el arte tan inequívoca y sin ligar con el Tránsito o Dormición, es decir, la muerte de María.