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LADY SU

ESPECIALÍSIMO PARA LADY SUIZA

 

SE FUE

Texto de Mariano Tobeñas Rosado

(fotos de Silvia Corbelle Batista)

 

Suelo sentarme soñoliento en el portal y pienso o, mejor, recuerdo.

Esa tarde, difuminados un ómnibus ASTRO y un avión y las tierras sin

cultivar a su paso. Y los pensamientos o, mejor, recuerdos.

Un auto Moskvich viaja por cualquier ciudad con una joven de 15 años

en el asiento trasero y dos personas de cuarenta y tantos a quienes

solo se les ve las espaldas. Se detiene en varios mercados. La joven

se baja, entra. Siempre un letrero: “1993”, y una consigna.

Sale de cada mercado y dice: “no hay”. En el último mercado se baja el

hombre, siempre de espaldas. Se destaca más grande el letrero “1993”.

Regresa. Monta en el auto, siempre de espaldas, y le pasa a la joven

dos latas de sardina.

Ella exclama: “¡Compren, que esto está malo!”

 

En la mesa de comer de un apartamento de microbrigada se destaca un

caldero de arroz blanco y un plato con sardinas. Se habla de las

pruebas de ingreso al Pre de Ciencias Exactas. El hombre y la mujer,

siempre de espaldas. La muchacha de frente y muy dispuesta exclama:

“¡Yo lo cojo!”

En el mismo apartamento el hombre y la mujer, siempre de espaldas, ven

el noticiero estelar de la TV. Se abre la puerta, la muchacha aparece.

En mi mente un ómnibus Girón viaja difuminado por una carretera

estrecha, las tierras sin cultivar. Ella exclama: “Lo cogí, fui el

único 100 de la provincia”.

En el cuarto del mismo apartamento, la muchacha de frente. El hombre y

la mujer de espaldas la ven preparando un maleta de madera sobre la

cama. Nítidas ropas de trabajo. Conversan trivialidades de los

preparativos.

 

Los muchachos en uniforme de Pre en un patio, vestidos de trabajo y

con herramientas de labranza, caminando alegres y dispuestos en un Pre

en el campo.

Se destaca la muchacha casi al frente, muy dispuesta y alegre.

Un joven y una joven se enamoran en un rincón de la escuela. Él

vestido de trabajo y ella de uniforme.

El hombre y la mujer en la cocina del mismo apartamento. El hombre

llena un recipiente plástico de arroz amarillo con pescado. La mujer

saca de freír en poca grasa unos chatinos de plátano verde fruta.

Sobre la meseta, residuos de pescados como biajaibas, rubias de talla

muy pequeña, y los restos de los plátanos fruta. El hombre y la mujer

siempre de espaldas…

Viajan en la cama de un camión, con una jaba de tela entre las

piernas, por la misma carretera estrecha. Van muy en silencio. Los

campos sin cultivar. El hombre y la mujer siempre de espaldas…

 

Muy nítido el rostro de la muchacha tan alegre. El grupo de muchachos

contentos en el patio de la escuela. En el mismo rincón la pareja se

enamora.

Debajo de una mata, en ambiente campestre, un paño en el suelo y sobre

él, arroz con pescado y chatinos. El hombre y la mujer de espaldas. La

muchacha de frente, siempre sonriente y alegre, degusta la comida

mientras comenta que no sabe cuál será su futuro. Ni siquiera qué

carrera va a estudiar. El hombre y la mujer bajan sus cabezas en señal

de desaprobación y la muchacha ríe a carcajadas.

De nuevo difuminados el ómnibus y el avión y los campos sin cultivar.

 

Siempre el mismo apartamento, frente al mismo TV y el mismo noticiero.

El hombre y la mujer de espaldas, silencio absoluto.

Se abre la misma puerta. Aparece la muchacha y exclama: “Cogí carrera, ¡me voy!”

El hombre y la mujer, siempre de espaldas, levantan la cabeza en signo

de aprobación. La muchacha danza locamente por la habitación. Se rompe

el silencio con una música muy alegre, quizá un rock.

El mismo apartamento, el mismo cuarto, la misma cama, todo

idénticamente igual. El hombre y la mujer de espaldas, presencian

frente a la cama cómo la muchacha muy alegre arregla una mochila

moderna para la época. Al descuido, un pitusa Levis sobre la cama

espera su turno.

Comentan trivialidades de los preparativos del viaje, la muchacha

siempre sonriente.

 

El ómnibus viaja por la autopista. Se ve muy claro y nítido, más

claridad que la común. Dentro, la muchacha conversa con el anciano que

le hace compañía, le comenta risueña qué va a estudiar. Él la

interpela sobre el futuro y ella, con los pelos batidos por el aire

que entra por la ventanilla y la espléndida sonrisa, le responde: “¡no

sé!”

La Habana de día y de noche, muy mezclada y arremolinada.

La muchacha muy seria sube las escalinatas de la universidad, se

siente empequeñecida. Llega a la Plaza Cadenas, se encuentra con un

grupo de jóvenes, retoma la sonrisa y entran en grupo al aula.

Lejos, como un fantasma, la Terminal 3 en construcción.

Dentro de un aula, muy de atardecer, la muchacha recoge los libros en

la misma mochila que trajo la ropa. Por la ventana entra una tenue

luz. Se apresura, baja corriendo las escaleras de la universidad.

Despeinada, sudada y con cara de cansancio, trata de coger botella.

Se detiene un auto moderno frente a ella y, de la ventanilla, una cara

en exceso pintada la conmina a montar. Evidentemente son conocidas. La

muchacha trata de dirigirse al chofer para decirle su ruta y la otra

le responde: “no te entiende, es extranjero”.

La muchacha retoma la sonrisa y le dice: “Espero la próxima”.

Ya casi de noche, más sudada y despeinada, se baja de un Lada viejo.

El chofer, entrado en años, la despide con la mano. Ella le desea que

“pase buenas noches”.

Entra corriendo a un edificio. La espera un joven de espaldas. Lo

abraza y le dice al oído, de nuevo con la sonrisa: “Después, ahora

tengo que preparar algo de comer”.

 

En un aula de universidad un grupo de personas bien vestidos

presencian las cortas palabras que pronuncia un profesor circunspecto,

destacando las buenas cualidades por las que a la muchacha se le

entrega su Diploma de Oro.

De espaldas, el hombre y la mujer del principio se pasan un pañuelo

por los ojos.

En el pasillo, el muchacho que la esperaba le regala un ramo de flores.

El hombre y la mujer de espaldas presencian la escena mientras él se

empina una botella de ron.

Lejos, difuminado, un avión despega de la Terminal 3.

Despeinada y sudorosa, en un maltrecho laboratorio, la muchacha se

mueve de un lado a otro. Por la ventana se aprecia el atardecer. Ella

arrastra la misma mochila ya deteriorada, ahora corre por una calle

céntrica del Vedado, se para en el primer semáforo, y pide botella.

“Terminal de ómnibus”, exclama.

“Monte”.

“Gracias”.

“¿El último?”

“Para ese pueblo no hay nadie”, alguien responde, y en el próximo

ómnibus ella se va.

 

El mismo apartamento. Ahora un TV en colores, pero el mismo noticiero,

esta noche en su última edición.

El hombre y la mujer de espaldas. Un ómnibus Astro por la carretera oscura.

Se abre la puerta del mismo apartamento. La muchacha sonriente, casi

grita: “¡Cogí la beca para el doctorado, me voy!”

Aeropuerto José Martí, Terminal 3. Iluminada, clara, nítida.

El hombre y la mujer de espaldas, la muchacha de frente sonriente:

“¡este es mi futuro!”

El hombre y la mujer de espaldas levantan sus cabezas, sin

asentimiento ni reproche.

Anuncian un vuelo.

“Es el mío”.

De espalda, de frente al cristal, el hombre y la mujer. A lo lejos, a

través del cristal, la muchacha ahora de espalda y despeinada vuelve

su rostro. No hay sonrisas, sino temor. Se pierde en la multitud.

Un avión iluminado, muy claro y nítido, despega. Los mismos campos sin

cultivar desaparecen debajo, a medida que el avión se eleva.

 

En la mesa de un céntrico DiTú de La Habana, el hombre y la mujer de

espaldas. Sobre la mesa croqueticas, choricitos y albóndigas. Pasa una

ruta P por la avenida, es de los últimos modelos chinos. El hombre

dice: “ella hizo lo que quiso, ¡lo logró!”

El ómnibus se detiene frente a un mercado particular, repleto de

frutas, viandas y carne de puerco.

Esa noche dormí muy poco, solo miré el techo de mi cuarto en la oscuridad.

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Uploaded on June 9, 2010
Taken on June 8, 2010