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(Ficción basada en la realidad) No sé si el destino me ha conducido hasta aquí, en un siete de mayo del año dos mil veinticinco, apenas unos días después de mi 44 cumpleaños. Estoy sentado a la sombra en unas escaleras exteriores y polvorientas, en la esquina entre Rue de Mboulfr y Rue de Doucoumane, frente a un descampado de tierra y arena en el que un grupo de niños y adolescentes juegan enérgicamente al fútbol. Permanezco pensativo, muy cansado y un poco abstraído. Niñas y niños con mochilitas a la espalda doblan la esquina tras haber salido de un colegio cercano, van sol@s o acompañados de sus madres, éstas vestidas con abayas de tela de colores y suaves pañuelos de mosaicos orlando sus rostros oscurecidos por la melanina.

Dakar, la ciudad a la que no pude (o no quise) llegar en bicicleta a principios de 2024, cuando embargado por el cansancio y las dudas tiré la toalla en Nouakchott. Dakar, la ciudad en la que desembarco después de haber permanecido (27+40) días en alta mar (sin contar la escala de 4 días en Abidjan, ¿the Intermission?). Tenía que demostrarme a mí mismo que podía volver a embarcar en un buque pesquero, que tenía la suficiente fortaleza mental como para habituarme y resistirlo.

En la última semana de febrero, Pablo y Olga me habían llevado en su furgoneta al Aeropuerto de Loiu, justo antes de que esta nueva aventura comenzara. Me despedí de ell@s con varios abrazos, palabras de gratitud, y los ojos humedecidos ...

Días después, ya a bordo, y navegando en el océano tropical, el primero de los libros que leí en mi ebook fue la Sociedad de la Nieve, basado en la Tragedia de los Andes que tanto me fascina, a pesar de que se llevó la vida de 29 personas. Yo había pensado en aquellos 72 días de miseria, fraternidad, hambre, frío y antropofagia de la tragedia de los Andes, y me había preguntado (en mi flipadura exagerada) si mi propia experiencia marítima iba a durar tanto tiempo. youtu.be/l9tP4M8URhQ?si=4qSkhxsAhLM-AY02

En alta mar, y por gentileza de los oficiales, había podido permanecer durante horas y horas sentado a la sombra, a proa y frente al puente, mirando al casi infinito océano, si acaso a las nubes evolucionando en el cielo impoluto libre de las estelas de condensación de los aviones, o a los peces voladores saltar y planear en cualquier dirección ante la cercanía del casco.

Había compartido camarote y espacio (24x7) con la marinería, en su mayoría africanos quienes nunca habían puesto un pie en España. Hacia el final de la segunda campaña, yo había ido regalando buena parte de mis pertenencias materiales (ropa) a la tripulación para viajar ligero de vuelta a casa. En una ventosa mañana, un marinero senegalés que siempre había sido alegre y comunicativo conmigo me preguntó acerca de mis chanclas Jhayber, quería saber cuánto valían porque le gustaban mucho. Yo le dije que no recordaba su precio original, que las utilizaba bastante en mi ciudad para ir a nadar a una piscina cubierta. Mira, el día que me marche del barco te las regalo. Un regalo para ti... ¡Noooo! Yo llorar ¿eh? yo llorar. Tu ser bueno, tú ser buena persona ¿eh?... ¡Que vaaa! Estas chancletas ser plástico, goma, no valer nada. Yo no ser bueno por dártelas... Sí, tú ser una buena persona, nosotros decir, otros biólogos aquí antes en barco mucho tiempo pero no hablar con nosotros [los marineros africanos; l@s observadorxs suelen comer y cenar a parte, junto con los oficiales y los jefes de máquinas] pero tú siempre hablar con nosotros..." En verdad yo sabía que en el fondo no tenía razón, quizá es porque ven a los europeos como a personas muy materialistas, aunque de todas formas le agradecí mucho sus palabras y admito que me hizo bien el oírlas.

Otra de las cosas que me habían resultado simpática de los marineros es que a menudo me pedían que les tomara alguna foto con mi cámara, retratos individuales o en grupo para compartir con sus amigos, sus mujeres y sus hij@s. Y al final yo terminaba modulando mi castellano cuando me comunicaba con ellos.

 

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Uploaded on May 7, 2025
Taken on May 7, 2025