Este olivo y esta leyenda que escribí están dedicados a Lourdes Sánchez con todo mi Aprecio y Amistad. Por acompañarme en esta aventura del Flickr desde mis principios.
EL OLIVO PRODIGIOSO
Los domingos por la mañana me gusta ir al Rastro para entretenerme viendo la cantidad de objetos y trastos viejos que allí se acumulan. Parece mentira lo que uno puede ver; percheros decimonónicos, grifos, llaves oxidadas, sillas pretendidamente antiguas, tebeos, discos de vinilo de música de antes, en fin de todo cuanto el tiempo ha ido arrinconando y dejando como recuerdo del pasado. Algo hay que me llama la atención: las estilográficas antiguas en buen uso y los libros llenos de polvo y mugre de títulos y temas impensables. Desde tratados para curar la alopecia y el mal de ojo hasta novelas de amor de Corín Tellado.
Me interesé esa mañana por un montón de revistas y folletos medio despedazados. Entre todo este material que olía a rancio y humedad destacaba un librito que se mantenía milagrosamente en buen estado. "Cuentos y leyendas", rezaba el título. Las letras se podían leer perfectamente y costaba un euro, así que lo compré porque el tema parecía interesante.
Un día, tras leer el periódico y antes de comer, miré los capítulos que componían el índice del ejemplar y escogí uno al azar del apartado de Leyendas. "El olivo prodigioso", rezaba el enunciado. Y me dispuse a leer.
"Abú Salam, como cada cierto tiempo, acudió para rendir cuentas al palacio del Califa Jartan Betún. Era el Administrador General de todas sus posesiones y le informaba del estado de sus negocios; cosechas, ganado, esclavos, todo cuanto formaba parte de la inmensa fortuna del Califa.
Jartan Betún, a la par de inteligente, era generoso con quienes lo merecían y castigaba a los que abusaban y se lucraban en beneficio propio en el ejercicio de sus deberes y obligaciones.
Tenía un gusto exquisito en lo relativo a todos los placeres que la vida podía proporcionarle a un hombre poderoso y amante de lo bello.
Las mujeres de su harén gozaban de la fama de ser las más bellas de todo Al Andalus y en su mesa nunca faltaban los más refinados y exclusivos manjares que paladar alguno pudiera degustar.
Aún cuando Abú estaba rodeado de numerosos ayudantes en la misión de controlar y vigilar hasta el último detalle de los bienes de su señor el Califa, él era el máximo responsable en última instancia de que todo estuviera en orden y no se desperdiciara ni un ápice de su riquísimo patrimonio.
Abú nunca dejaba de sentirse intimidado e inquieto ante la presencia del Califa, pues su poderosa mirada descubría todo cuanto los ojos, los gestos y las palabras de un hombre podían delatar.
Esta vez le llevaba un obsequio que sin duda acrecentaría mucho más la estima que le prodigaba a su administrador.
- ¿Qué novedades me traes, Abú?
Tras hacer la reverencia de rigor ante el Califa, con gesto solemne le entregó un estuche primorosamente decorado.
-Mi Señor, os hago entrega de un presente que sin duda su sabiduría y su exquisitez sabrán apreciar en lo que vale.
Intrigado, el Califa abrió el estuche y un frasco de cristal bellamente tallado quedó al descubierto.
Miró su contenido al trasluz detenidamente y exclamó son voz iracunda:
- ¿Qué broma es la que me traes, Abú, un frasquito de aceite de oliva ricamente envuelto?
El interpelado tragó saliva antes de pronunciarse. Temblaba.
- Mi Señor, jamás osaría ofenderle, lejos de mí esa intención. Le ruego encarecidamente pruebe el aceite que le traigo y caiga sobre mí el castigo que merezca por desairarle o su aprobación si me corresponde.
No muy convencido por tales palabras y con el ceño fruncido el Califa lo degustó detenidamente. Famosa era su singular y extraordinaria capacidad gustativa y olfativa para descubrir la más mínima cualidad de que estuviera poseída cualquier sustancia o alimento.
La cata se alargó más de cuanto hubiera deseado Abú, que tenía el ánimo encogido. Finalizado el escrutinio, Abú contuvo el aliento.
- ¿Cómo y de dónde obtuviste éste tesoro ? Jamás probé aceite del fruto de la aceituna como el que me has traído. Es puro néctar, un regalo de Alá.
- Mi Señor, detrás de este aceite hay una curiosa historia que debo hacerle saber. -respondió presto el interpelado más tranquilo.
- Pues, ¿ a qué esperas para contármela? -apremió el Califa.
- Entre los esclavos que posee el señor enviamos a un hombre joven y de gran fortaleza física a galeras arrancándolo de los brazos de una mujer que tomé para el servicio de mi casa. Su nombre cristiano era Lourdes pero le otorgué el nombre de Lourdana en nuestra lengua de Alá.
Como Jartan Betún, el Califa, demostró interés por el relato de su administrador, éste prosiguió.
- Recordará mi Señor que padecimos una atroz sequía y como los olivos se resintieron tanto apenas tuvimos producción de aceite provocando grandes e irreparables pérdidas en las arcas de mi Señor.
Una noche que no podía dormir me dediqué a pasear por los campos sedientos de agua con el ánimo acongojado al ver las ramas descarnadas por falta de lluvia y carentes del menor fruto.
En el sepulcral silencio que me rodeaba, creí oír un débil llanto. Me acerqué sigilosamente al lugar de donde provenían esos sollozos y descubrí a una mujer que lloraba arrodillada debajo de un frondoso olivo.
Aunque tenue, el resplandor de la luna me ayudó a reconocer el rostro de mi esclava Lourdana. Intrigado ante aquel hecho no quise darme a conocer y me retiré sin que ella descubriera mi presencia.
Por la mañana interrogué a su amiga y compañera de tareas Jalina, la cual me confesó que debajo de ese olivo se juraron amor eterno ella y el hombre que fue condenado a galeras.
Volví al lugar donde encontré a Lourdana y quedé atónito al contemplar el olivo bajo el cual lloraba todas las noches. Jamás vi en mi vida un ejemplar tan exuberante, grandioso y lozano colmado de aceitunas.
Observándolo como mayor detenimiento descubrí humedad alrededor del tronco. Mil suposiciones cruzaron mi mente y como por ensalmo Alá arrojó su luz reveladora sobre mi entendimiento. Fueron tantas sus lágrimas que regaron la tierra donde cayeron. Y de un modo que escapa a mi comprensión alimentaron las raíces dando nueva vida y vigor a la savia del árbol. No cabía otra interpretación más que entender que la añoranza del amor que sentía por su hombre hacía realidad la existencia de tan extraordinario olivo. De sus frutos obtuvimos el aceite que saboreó, mi Señor. Debo comunicarle también, que fueron vanos nuestros esfuerzos por reproducir ese ejemplar único de olivo. Esto es todo cuanto puedo referirle, mi Señor.
Jartan Betún, el Califa, meditó cuanto le ha había relatado su Administrador General.
- Deduzco por tus palabras, Abú, que en medio de incontables olivos que mueren de sed hay uno que regado por las lágrimas de una mujer enamorada no sólo sobrevive si no que muestra una floración, aspecto y tamaño fuera de toda comprensión. ¿No es así? -habló por fin.
- Sí, mi Señor.
- Dispondrás cuanto antes lo necesario para que pueda ver en persona lo que me has relatado, Abú.
Así fue cómo una noche el Califa y Abú asistieron al desconsuelo que oprimía el corazón de Lourdana por no estar con su amado y la lluvia de lágrimas que anegaban el olivo. Jartan Betún no podía dar crédito a cuanto veía. Quedó tan impresionado ante aquella escena que su corazón se conmovió y llenó de emoción.
Ya en su Palacio el Califa convocó a Karim Kalal, su Secretario personal.
- ¿Qué noticias me traes, Karim?
- Mi señor, el hombre que Lourdana ama, está en perfecto estado. Su inquebrantable esperanza por reunirse de nuevo con la mujer a quien juró amor eterno le ha permitido sobrevivir pese a la cruel y dura existencia como galeote.
El Califa meditó por unos instantes el informe de Karim y dictaminó.
- Ordeno y dispongo sea puesto en libertad ese hombre y quede libre de servidumbre Lordana. Ordeno y dispongo también que les sean concedidas de por vida para ellos y su descendencia las tierras necesarias para su normal subsistencia. Cumple cuanto antes mis órdenes, Karim.
- Así lo haré, mi Señor. -respondió presto el aludido haciendo una reverencia.
- - - - - -
Y así fue cómo por obra y gracia de la magnanimidad del Califa Jartan Betún, tuvieron lugar los esponsales de Lourdana y su amado bajo las mismas ramas del olivo donde se juraron amor eterno.
Verdad o mentira, hay quien dice que en el océano de olivos que cubre la provincia de Jaén, existe todavía ese prodigioso olivo. Solamente los descendientes de Lourdana y su enamorado conocen el lugar."
Quedé gratamente encantado con esta bonita y romántica historia de la antigua Al Andalus. Pensé en visitar esa provincia andaluza y perderme en esa infinidad de olivos y bajo las ramas de uno cualquiera, imaginar a esos dos seres que, pese a los peores augurios y por azares del destino, encontraron la felicidad,
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Este olivo y esta leyenda que escribí están dedicados a Lourdes Sánchez con todo mi Aprecio y Amistad. Por acompañarme en esta aventura del Flickr desde mis principios.
EL OLIVO PRODIGIOSO
Los domingos por la mañana me gusta ir al Rastro para entretenerme viendo la cantidad de objetos y trastos viejos que allí se acumulan. Parece mentira lo que uno puede ver; percheros decimonónicos, grifos, llaves oxidadas, sillas pretendidamente antiguas, tebeos, discos de vinilo de música de antes, en fin de todo cuanto el tiempo ha ido arrinconando y dejando como recuerdo del pasado. Algo hay que me llama la atención: las estilográficas antiguas en buen uso y los libros llenos de polvo y mugre de títulos y temas impensables. Desde tratados para curar la alopecia y el mal de ojo hasta novelas de amor de Corín Tellado.
Me interesé esa mañana por un montón de revistas y folletos medio despedazados. Entre todo este material que olía a rancio y humedad destacaba un librito que se mantenía milagrosamente en buen estado. "Cuentos y leyendas", rezaba el título. Las letras se podían leer perfectamente y costaba un euro, así que lo compré porque el tema parecía interesante.
Un día, tras leer el periódico y antes de comer, miré los capítulos que componían el índice del ejemplar y escogí uno al azar del apartado de Leyendas. "El olivo prodigioso", rezaba el enunciado. Y me dispuse a leer.
"Abú Salam, como cada cierto tiempo, acudió para rendir cuentas al palacio del Califa Jartan Betún. Era el Administrador General de todas sus posesiones y le informaba del estado de sus negocios; cosechas, ganado, esclavos, todo cuanto formaba parte de la inmensa fortuna del Califa.
Jartan Betún, a la par de inteligente, era generoso con quienes lo merecían y castigaba a los que abusaban y se lucraban en beneficio propio en el ejercicio de sus deberes y obligaciones.
Tenía un gusto exquisito en lo relativo a todos los placeres que la vida podía proporcionarle a un hombre poderoso y amante de lo bello.
Las mujeres de su harén gozaban de la fama de ser las más bellas de todo Al Andalus y en su mesa nunca faltaban los más refinados y exclusivos manjares que paladar alguno pudiera degustar.
Aún cuando Abú estaba rodeado de numerosos ayudantes en la misión de controlar y vigilar hasta el último detalle de los bienes de su señor el Califa, él era el máximo responsable en última instancia de que todo estuviera en orden y no se desperdiciara ni un ápice de su riquísimo patrimonio.
Abú nunca dejaba de sentirse intimidado e inquieto ante la presencia del Califa, pues su poderosa mirada descubría todo cuanto los ojos, los gestos y las palabras de un hombre podían delatar.
Esta vez le llevaba un obsequio que sin duda acrecentaría mucho más la estima que le prodigaba a su administrador.
- ¿Qué novedades me traes, Abú?
Tras hacer la reverencia de rigor ante el Califa, con gesto solemne le entregó un estuche primorosamente decorado.
-Mi Señor, os hago entrega de un presente que sin duda su sabiduría y su exquisitez sabrán apreciar en lo que vale.
Intrigado, el Califa abrió el estuche y un frasco de cristal bellamente tallado quedó al descubierto.
Miró su contenido al trasluz detenidamente y exclamó son voz iracunda:
- ¿Qué broma es la que me traes, Abú, un frasquito de aceite de oliva ricamente envuelto?
El interpelado tragó saliva antes de pronunciarse. Temblaba.
- Mi Señor, jamás osaría ofenderle, lejos de mí esa intención. Le ruego encarecidamente pruebe el aceite que le traigo y caiga sobre mí el castigo que merezca por desairarle o su aprobación si me corresponde.
No muy convencido por tales palabras y con el ceño fruncido el Califa lo degustó detenidamente. Famosa era su singular y extraordinaria capacidad gustativa y olfativa para descubrir la más mínima cualidad de que estuviera poseída cualquier sustancia o alimento.
La cata se alargó más de cuanto hubiera deseado Abú, que tenía el ánimo encogido. Finalizado el escrutinio, Abú contuvo el aliento.
- ¿Cómo y de dónde obtuviste éste tesoro ? Jamás probé aceite del fruto de la aceituna como el que me has traído. Es puro néctar, un regalo de Alá.
- Mi Señor, detrás de este aceite hay una curiosa historia que debo hacerle saber. -respondió presto el interpelado más tranquilo.
- Pues, ¿ a qué esperas para contármela? -apremió el Califa.
- Entre los esclavos que posee el señor enviamos a un hombre joven y de gran fortaleza física a galeras arrancándolo de los brazos de una mujer que tomé para el servicio de mi casa. Su nombre cristiano era Lourdes pero le otorgué el nombre de Lourdana en nuestra lengua de Alá.
Como Jartan Betún, el Califa, demostró interés por el relato de su administrador, éste prosiguió.
- Recordará mi Señor que padecimos una atroz sequía y como los olivos se resintieron tanto apenas tuvimos producción de aceite provocando grandes e irreparables pérdidas en las arcas de mi Señor.
Una noche que no podía dormir me dediqué a pasear por los campos sedientos de agua con el ánimo acongojado al ver las ramas descarnadas por falta de lluvia y carentes del menor fruto.
En el sepulcral silencio que me rodeaba, creí oír un débil llanto. Me acerqué sigilosamente al lugar de donde provenían esos sollozos y descubrí a una mujer que lloraba arrodillada debajo de un frondoso olivo.
Aunque tenue, el resplandor de la luna me ayudó a reconocer el rostro de mi esclava Lourdana. Intrigado ante aquel hecho no quise darme a conocer y me retiré sin que ella descubriera mi presencia.
Por la mañana interrogué a su amiga y compañera de tareas Jalina, la cual me confesó que debajo de ese olivo se juraron amor eterno ella y el hombre que fue condenado a galeras.
Volví al lugar donde encontré a Lourdana y quedé atónito al contemplar el olivo bajo el cual lloraba todas las noches. Jamás vi en mi vida un ejemplar tan exuberante, grandioso y lozano colmado de aceitunas.
Observándolo como mayor detenimiento descubrí humedad alrededor del tronco. Mil suposiciones cruzaron mi mente y como por ensalmo Alá arrojó su luz reveladora sobre mi entendimiento. Fueron tantas sus lágrimas que regaron la tierra donde cayeron. Y de un modo que escapa a mi comprensión alimentaron las raíces dando nueva vida y vigor a la savia del árbol. No cabía otra interpretación más que entender que la añoranza del amor que sentía por su hombre hacía realidad la existencia de tan extraordinario olivo. De sus frutos obtuvimos el aceite que saboreó, mi Señor. Debo comunicarle también, que fueron vanos nuestros esfuerzos por reproducir ese ejemplar único de olivo. Esto es todo cuanto puedo referirle, mi Señor.
Jartan Betún, el Califa, meditó cuanto le ha había relatado su Administrador General.
- Deduzco por tus palabras, Abú, que en medio de incontables olivos que mueren de sed hay uno que regado por las lágrimas de una mujer enamorada no sólo sobrevive si no que muestra una floración, aspecto y tamaño fuera de toda comprensión. ¿No es así? -habló por fin.
- Sí, mi Señor.
- Dispondrás cuanto antes lo necesario para que pueda ver en persona lo que me has relatado, Abú.
Así fue cómo una noche el Califa y Abú asistieron al desconsuelo que oprimía el corazón de Lourdana por no estar con su amado y la lluvia de lágrimas que anegaban el olivo. Jartan Betún no podía dar crédito a cuanto veía. Quedó tan impresionado ante aquella escena que su corazón se conmovió y llenó de emoción.
Ya en su Palacio el Califa convocó a Karim Kalal, su Secretario personal.
- ¿Qué noticias me traes, Karim?
- Mi señor, el hombre que Lourdana ama, está en perfecto estado. Su inquebrantable esperanza por reunirse de nuevo con la mujer a quien juró amor eterno le ha permitido sobrevivir pese a la cruel y dura existencia como galeote.
El Califa meditó por unos instantes el informe de Karim y dictaminó.
- Ordeno y dispongo sea puesto en libertad ese hombre y quede libre de servidumbre Lordana. Ordeno y dispongo también que les sean concedidas de por vida para ellos y su descendencia las tierras necesarias para su normal subsistencia. Cumple cuanto antes mis órdenes, Karim.
- Así lo haré, mi Señor. -respondió presto el aludido haciendo una reverencia.
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Y así fue cómo por obra y gracia de la magnanimidad del Califa Jartan Betún, tuvieron lugar los esponsales de Lourdana y su amado bajo las mismas ramas del olivo donde se juraron amor eterno.
Verdad o mentira, hay quien dice que en el océano de olivos que cubre la provincia de Jaén, existe todavía ese prodigioso olivo. Solamente los descendientes de Lourdana y su enamorado conocen el lugar."
Quedé gratamente encantado con esta bonita y romántica historia de la antigua Al Andalus. Pensé en visitar esa provincia andaluza y perderme en esa infinidad de olivos y bajo las ramas de uno cualquiera, imaginar a esos dos seres que, pese a los peores augurios y por azares del destino, encontraron la felicidad,
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